Un nuevo final

Bajo por las escaleras de la boca de metro. Sube una pareja con un carrito. Es una puñeta que no haya ascensor, la verdad. De la cesta se cae un pato de peluche, y me agacho a recogerlo. La pareja no se ha dado cuenta, así que subo y le doy un golpecito a la mujer en el hombro. Se gira y se sobresalta un poco. Le doy el peluche y me da las gracias sonriendo. Me giro y vuelvo a bajar las escaleras. La mujer tenía las uñas pintadas de naranja. Qué maja; el naranja es un buen color.

Llego abajo y voy sacando la cartera. En realidad no es una cartera, es más bien un monedero. Y no es mío. O no era mío, más bien. Ahora podría decirse que está en mi poder, para aclararnos. No suelo robar, pero me apetecía coger el metro. Y para sacar un metrobús necesitas dinero, sabes. No habría robado una cartera, eso es algo que jode más, pero un monedero con unos quince euros no suele ser tan necesario (a no ser que en este momento seas yo) y no te das cuenta de que no lo tienes hasta que llegas a casa. Más o menos, digo yo. Me dispongo a sacar el billete, y las vueltas hacen un total de tres setenta que me quedan. Como se pasan con el precio del metrobús, joder. Pero me apetecía coger el metro. El guardia de seguridad me mira. Odio que me miren, sobre todo los guardias de seguridad, ya sabes. Supongo que no tengo muy buena pinta, aunque tampoco estoy tan mal. Agacho la mirada para coger el billete y me miro las zapatillas. A estas viejas Converse no les quedan mucho tiempo.

Lanzo una mirada fugaz al guardia y paso el torniquete. Legalmente, con mi billete. No sé a qué dirección ir, así que me decido por la que tiene más paradas. Es irrelevante decir en qué parte de Madrid estoy. El caso es que giro a la derecha, porque hay más paradas. Escaleras mecánicas, bien, me encantan. Entro de espaldas y me doy la vuelta. Pongo el pie en la especie de cepillo que recorre las escaleras por dentro. Cuando era más pequeño, mi madre me decía que las ponían para que la gente se limpiara los zapatos. Veo las cabezas que hay delante de mí. Una rubia con coleta, una morena con pelo de punta y una calva, que ya ha llegado abajo. A medida que bajo, “La Primavera” de Vivaldi se oye más. Es una melodía bonita, no tanto por la melodía en sí, que ya tengo bastante escuchada, sino por el violinista que la toca. Creo que ya lo he visto otras veces. Saco cincuenta céntimos y los echo en la funda. El hombre me sonríe con un movimiento de cabeza. Tres veinte.

Llego al andén. Más gente. Una familia rubia y bien vestida, con niños. Una pareja liándose. Gente suelta, escuchando música, leyendo, o pensando. O sin pensar. Tres minutos para que llegue el metro. Ojalá tuviera cascos. Bueno, antes de eso, ojalá tuviera un móvil o un mp4 o algo para escuchar música. Echo mucho de menos poder escuchar lo que quiera cuando me apetezca. Dios, no sabes lo que lo echo de menos. A veces tengo una canción en la cabeza, y antes podía coger y ponerme a escucharla, pero ya no, joder. Y es duro, aunque parezca una chorrada. Es horrible. Y se me saltan las lágrimas como la pongan en algún sitio, o algo así. En fin. Llega el tren. Esta es mi parte favorita hasta el momento. Me asomo a la vía y lo veo a lo lejos. Veo la luz que se acerca rápidamente y lo oigo, cada vez más. La gente se va levantando. Cierran sus libros, dejando un dedo puesto en la parte por donde van. Enrollan los cascos alrededor del móvil. Dan la mano a sus hijos. Ojalá tuviera un libro en el que marcar la parte por la que voy con el dedo, unos cascos que enrollar alrededor de un móvil o una mano que coger. Llega el tren. Aparece del túnel como una serpiente gigante y robótica. El ruido es ensordecedor. Es genial. Lo veo pasar delante de mí a toda leche. No puedo ver la cara de la gente que va dentro. Y se para. Voy hacia una puerta de la que va a salir una anciana, pero un imbécil que estaba a mi lado pasa antes de que salga. Hay que dejar salir antes de entrar, hasta el más gilipollas sabe eso. Pero no, ese idiota tiene que pasar antes. “Disculpe a ese hombre, señora, a algunos no les enseñaron que hay que dejar salir antes de entrar”. La señora me sonríe, se para, mete la mano en el bolso y saca un caramelo. Me lo da. ¿Gracias? “Gracias”. No tengo siete años, pero un caramelo siempre se agradece. Entro en el vagón. Hay bastante gente, pero hay asientos libres. Me siento en uno entre una mujer estirada con vestido y muy arreglada y un señor con cara de majo. Lleva un jersey y un pantalón vaquero. Me recuerda a mí, aunque yo no llevo jersey. Bueno. La mujer está haciendo cosas con el móvil, y el hombre no hace nada. A lo mejor piensa. ¿En qué? Me dan ganas de preguntárselo. Delante dos niños se pelean a saber por qué. Su madre, o la que supongo que es su madre, los mira cansada sin hacer nada. De nuevo, mucha gente lee, o escucha música, o habla con el amigo con el que va, o se hace cariñitos con su pareja, o habla por teléfono. Creo que todos me dan envidia. Bueno, no todos, claro.

Miro hacia delante y veo a un hombre calvo con gafas de sol. Extraño, pues ya se ha debido de poner el sol. Pero bueno. A veces me pone nervioso la gente con gafas de sol, porque no sabes dónde están sus ojos exactamente. Además, no sabes a dónde miran. Es un poco estresante, así que evito mirarle. Y miro detrás de él. El reflejo en la ventana. Mi reflejo en la ventana. Es curioso mirarse uno a sí mismo, ver cómo te ven los demás. ¿Así soy? ¿Así me ven todos? Me peino un poco con la mano, deshaciéndome nudos y aplastando los pelos del flequillo que no están en su sitio. A ver, no tengo una melena, pero tampoco tengo el pelo corto. No me vendría mal un cepillo mejor que mis dedos.

Poco a poco se va llenando el vagón. La gente sube y baja. La mujer estirada se va de mi lado y su lugar es ocupado por un hombre con camisa. Tiene cara de cansado y se frota los ojos varias veces. Diría que ha estado todo el día delante de un ordenador, y es posible que ahora se dirija a su casa, donde su familia le espera para cenar. A lo mejor su mujer le regaña por haber llegado a mesa puesta y no haber ayudado a los hijos con los deberes. A lo mejor uno de ellos le quiere enseñar una prueba de mates en la que ha tenido todos los problemas bien. A lo mejor el otro quiere decirle que tiene que hacer un trabajo sobre las costumbres gallegas y que necesita su ayuda. También… Perdón. A veces hago esto sin darme cuenta. Elijo a alguien y me pongo a imaginar su vida. A dónde va, quién es, qué va a hacer. Supongo que es porque yo no voy a ningún sitio, a veces no se quién soy y no tengo nada que hacer. No lo sé.

El hombre con cara de majo sigue a mi lado, y sigue pensando, o no. Creo que sí que está pensando, porque marca un ritmo con la mano sobre su pierna. Estará cantando mentalmente alguna canción. Me dan ganas de preguntarle cuál.

El señor calvo de delante se ha ido, y ha sido sustituido por un chico genial. Cuando ha entrado por la puerta me he fijado en él. Como para no haberlo hecho. Es un chaval mayor que yo, como de veinte o veinticinco años (soy malo para calcular edades). Tiene el pelo un poco largo y ondulado, y perilla. Sus ojos son de color marrón claro, y tiene mirada de elfo. Me refiero a esas miradas solemnes y serias que tienen los elfos en los libros. Pues así. Lleva una camiseta de Metallica. Qué majo, joe. Ver a gente con camisetas de grupos de música que me gustan me produce una sensación genial. Me siento unido a esa persona aunque solo sea por un grupo en común. Si me pusiera a hablar con él, al menos tendríamos un tema de conversación. También tiene un colgante con forma de luna con una estrella dentro. Es bastante bonito. Lleva pantalones vaqueros oscuros y un poco apretados y unas deportivas negras. En la mano izquierda tiene dos pulseras de cuero y una de hilo de color verde y rosa, la típica que hace una hermana o prima pequeña y que te pones por amor a ella. En la mano derecha lleva una pulsera negra con una hilera de pinchos que mola bastante. Va escuchando música y marca el ritmo con el pie y las manos. Me dan ganas de decirle si puede compartir un casco conmigo. Seguro que lo que va escuchando mola. En fin.

La gente sigue yendo y viniendo.

Me está entrando un poco de sueño. No es como el sueño que tienes a la una de la mañana, con ese dolor en los ojos que te obliga a cerrarlos. Es como si me pesaran muchísimo los párpados y mi mente desconectara. Cierro despacio los ojos, casi inconscientemente. Casi. Porque soy consciente de que los estoy cerrando, pero dejo que lo hagan. No me duermo; simplemente dejo la mente en blanco y me dejo acunar por el movimiento del vagón, por el fuerte ronroneo del tren pasando sobre las vías y los murmullos de la gente.

Paso así un buen rato. Sigo sin dormirme, pero cada vez profundizo más en ese estado. Siento como si estuviera sobre una piscina de gel y poco a poco me fuera hundiendo. Me hundo más y más, y oigo menos. Estoy a punto de dormirme, pero salgo a la superficie. Tengo hambre.

No tengo ni la menor idea de qué hora puede ser. ¿Las ocho? ¿Las nueve? ¿Las diez? Tengo a la derecha a una señora que está leyendo, así que no la molesto. A la izquierda está sentado un chico con chándal que hace algo con el móvil. “Perdona” Me mira serio. “¿Podrías decirme la hora, por favor?” Baja la mirada al móvil y me la dice sin mirarme. Menudo borde. Son las nueve y veinticinco. Y eso, que me está entrando hambre. Hoy he desayunado, aunque no he comido mucho. Me acuerdo del caramelo que me ha dado la señora, y me lo saco del bolsillo. Me guardo el papelito que lo envuelve por si en algún momento me apetece hacer alguna figura de papiroflexia con él. El caramelo es de naranja. Qué suerte, son mis favoritos. Soy perfectamente consciente de que un caramelo no es una cena, pero cuando salga del metro compraré algo. Tengo tres euros veinte.

Pero no me como el caramelo. No me apetece, la verdad. Tengo hambre de comida consistente. Y tengo dinero, así que puedo comprarla. Cojo el papel y envuelvo el caramelo en él, aunque no me queda tan bien como estaba.

Subo la cabeza y me doy cuenta de que hay algo que antes no estaba igual. Algo ha cambiado en el ambiente. Miro a mi alrededor y entones me doy cuenta de qué es. O más bien de quién es. Sabes cuando ves a una chica y piensas que no es especialmente guapa, pero sin embargo la forma de su cuerpo y de su cara, la manera de mover las piernas y de colocarse el pelo, su forma de vestir y de mirar, el brillo de sus ojos y la posición de su boca, como mueve las manos, todo ello te hace pensar que tal vez sea la chica más hermosa que has visto en tu vida, aunque ni siquiera sea guapa. Y entonces no sabes si mirarla, por si ve que la estás mirando; y no sabes qué hacer por si ella te está mirando, aunque en el fondo sabes que no te está mirando y nunca lo haría, porque eres yo y das pena. Pues eso me pasa con esa chica. Está dos asientos a la derecha delante de mí. Madre mía. Ilumina el vagón con su presencia. Hace que todas las demás personas desaparezcan ante mi vista. Tiene el pelo castaño y ondulado, con la raya deshecha y algunos pelos levantados. Se lo coloca continuamente detrás de la oreja apartándoselo de la cara y dejándome ver sus ojos, vivos y oscuros, que dan a su cara una apariencia de tranquilidad y luminosidad, esa que solo da la luna reflejada en el mar. Lleva una sudadera gris, un poco grande para ella, y unos vaqueros ajustados, aunque tampoco demasiado. Tiene unas piernas preciosas. ¿Sabéis? No está muy delgada. Está genial. Lleva unas botas negras con cordones. Mira al suelo, y me pregunto en qué piensa. Creo que paso un buen rato mirándola.

Ay. No, no, no. Ha levantado la cabeza. Me está mirando. Me está viendo mirándola. Retiro la mirada rápidamente, me sonrojo y bajo la cabeza. Creo que ella se da cuenta. Le lanzo una mirada furtiva y me quedo en blanco cuando veo que me está sonriendo. No puede ser. Tiene que estar sonriéndole a cualquier otra persona, pero a mí no. Me olvido de todo lo que hay a mi alrededor y me olvido de mí mismo. Me está sonriendo. Entonces se levanta y me doy cuenta de que estamos en una estación. Me lanza una última mirada y sale del vagón. Qué rápido todo. Estas cosas no deberían pasar.

En un momento he pasado de la más maravillosa gloria en la sonrisa de la chica a nada. Me vuelve a entrar sueño y ya si que tengo bastante hambre. Ay, Dios. De repente me hundo en el asiento y en mi penosa situación. Quiero salir del metro. Necesito aire fresco.

Me bajo en la siguiente parada y salgo a la calle. Respiro aliviado. Me estaba empezando a agobiar allí abajo. Es extraño. Comienzo a andar. La verdad es que no tengo ni idea de dónde estoy. Ni siquiera me he fijado en el nombre de la estación en la que me he bajado. Solo sé que no es un lugar muy transitado (básicamente, no hay nadie), que tengo que encontrar un sitio donde haya comida y que hace un frío que te mueres. No sé a qué viene tanto frío. Ayer no hacía esta temperatura. A ver, en realidad no es que sean dos grados, pero es que tampoco voy muy abrigado. Llevo una camiseta de manga corta, una camisa de manga larga y una chaqueta bastante fina.

Podría ser inteligente y administrar bien el dinero de modo que me diera para mucho. Con tres euros veinte, créeme, puedes comer bastante. Bueno, no hablamos de un “bastante” en serio, ya me entiendes. Pero no me apetece ser inteligente. Simplemente, a mi cabeza no le apetece pensar y, aunque sé que mañana me voy a arrepentir, me meto en un bar que encuentro (un bar increíblemente cutre) y pido un bocadillo y un vaso de agua. Me sobra un euro cincuenta. La señora a la que se lo pido me mira raro. Y el tipo de la barra también. Y el que está sentado en la mesa también. Me siento en un taburete y finjo que no me doy cuenta de que me están mirando. Supongo que no es muy normal que un chaval aparezca un día de diario en un bar a las 12 de la noche pidiendo un bocadillo de tortilla. Bueno, pues lo siento si mi presencia les incomoda, pero yo voy a cenar. El tipo de la barra se baja de su taburete y se sienta en el que está al lado mío. Mierda. “Chaval, ¿no tienes cole mañana?”, pregunta. Es un tío enorme, aunque no tiene mala cara. No me apetece que me hable, porque sé de lo que quiere hablar. “No”, respondo. Ojalá no me pregunte nada más. “¿Y qué haces cenando aquí?”, sigue. Cállate, por favor. “¿Por qué no te vas a casa?”. No quiero contarte mi vida. “No creo que a tu madre le haga mucha gracia que andes por aquí tan tarde”. No puedo. Que se calle, por favor. “¿Me estás escuchando?”. Inclina la cabeza para mirarme. Giro de golpe la cabeza y le miro a los ojos. “A ella le da igual, está muerta”. Cojo el bocadillo y salgo del bar. El tipo me llama. “¡Eh, chico!”. Déjame en paz. “¡Lo siento si te he molestado!”. Claro que me has molestado. Déjame. Que me deje todo el mundo. No quiero ver gente, ni sentir la presencia de la gente. La gente hace daño y ya he tenido bastante de eso.

Ando rápido por la calle. No me importa el frío, ni que se me cuele el aire por las mangas de la chaqueta y el cuello de la camisa. Tengo hasta calor. Solo ando rápido. Hasta que me paro y me dejo caer en un banco. No sé de quién fue la idea de poner ese banco en una calle estrecha y oscura de Madrid, pero me alegro de que lo hiciera. Me empieza a doler todo. Todo. Desde los pies, que además se me han congelado, hasta la cabeza, que me va a explotar. Desde los recuerdos de esguince de la rodilla izquierda hasta los recuerdos de mi cabeza, pasando por la cicatriz de la sien derecha y las cicatrices de mi infancia. Me duele un moratón en el ojo que hace tres meses que no tengo, un golpe en las costillas que hace cinco meses que no está y un labio roto que creía que se había curado hace dos meses. Me duelen las vidas que vi en el metro y la vida que no tengo. Me duelen todas las personas que olvidaré y que he olvidado, y las que nunca olvidaré. Pero, sobre todo, me duele cómo es el mundo. Me duele la injusticia y la suerte. La mala suerte y la justicia.

Screenshot_2014-05-11-23-42-32-1No estoy llorando. O eso creo hasta que noto un sabor salado en la boca. Me paso las manos por la cara y luego me las miro. Están brillantes y sucias. Son tristes. Tristes y nudosas, y echan de menos coger otra mano. Miro al cielo. No hay mucha luz y se ven algunas estrellas. Me tumbo en el banco boca arriba y las miro. Siempre en el mismo sitio, tan lejanas. Una estrella fugaz. Pienso. “Mira, cariño, cada vez que alguien muere, su alma se transforma en una estrella. Las estrellas fugaces son almas que quieren llamar la atención de alguien especial”. Nunca me lo llegué a creer, pero me gusta pensar que es verdad. Pero luego llegaba él. “No le enseñes esas gilipolleces al chico”.

Decido parar de pensar y poco a poco se me cierran los ojos. Me he dado cuenta de que llevo un rato temblando. Me intento arrebujar en la chaqueta. Estoy cansadísimo.

De repente algo me despierta. Ni siquiera sé si me había llegado a dormir del todo. “Eh, chico”. Alguien me da un golpecito en el hombro. Me levanto como un resorte y me encuentro delante de mí a un policía y una chica acompañados de una señora mayor. Mierda. No puede ser. Llevo un mes evitando policías por la noche y me encuentro a uno delante de mí. Me quedo pasmado. “Tranquilo, siéntate”, me dice el hombre mientras me pone una mano en el hombro y empuja un poco para abajo. Cedo a su movimiento y me siento en el banco. Estoy cagadísimo. No sé qué va a pasar. No quiero irme. El policía se dirige a la señora mayor: “Gracias por llamarnos, puede subirse a casa”. La señora me mira y se mete en un portal de enfrente. Creo que en este momento la odio. El policía parece ser majo, aunque su compañera lo parece más. “¿Qué haces aquí?”, me pregunta el hombre. No respondo. No quiero que me lleven a ningún sitio. “¿Cuántos años tienes, cielo?”, me pregunta la chica. No respondo. “No vamos a hacerte nada, solo queremos ayudarte”. No sé qué hacer. No quiero hacer ni decir nada. “Necesitamos que nos digas algo, solo queremos saber tu edad y qué haces aquí”. Estoy muy nervioso. “¿Tienes frío, cariño?”, me pregunta la chica. No lo sé. Parece ser que sí, porque estoy temblando otra vez. Se quita su abrigo y me lo pone por los hombros. Se agacha hasta que su cabeza queda más abajo que la mía, y me coge las manos. Creo que ha sido lo más bonito que me han hecho desde no sé cuando. “No llores, cielo”. No estoy llorando. Me pasa una mano por la cara. Parece ser que sí lo estaba haciendo. Es que estoy asustado. No quiero llorar. No quiero parecer un niño pequeño. Idiota, para ya. Creía que habíamos aprendido que no hay que llorar. “Mira, me llamo María, y soy de los servicios sociales. Entiendo que no te apetezca hablar, pero solo queremos ayudarte. Si no nos dices nada, no sabremos qué tenemos que hacer. No sabemos si tenemos que buscar a tus padres o ponerles una denuncia”. Para, para, para ya de llorar. Das pena. “Yo…”, murmuro. No sé muy bien qué quiero decir. Ella me mira y me sonríe, pero sé que solo es una sonrisa triste que pretende darme confianza. Y lo consigue. Es muy lista, y se da cuenta de las cosas.“Escucha, cariño, si no quieres o no puedes volver a casa por lo que sea, y entiendo que no te apetezca hablar de ello, puedes venir conmigo y vivir donde yo trabajo, en un centro de acogida de menores. Él ya se encargará de las demás cosas que haya que hacer”, dice señalando al policía. No quiero contarle nada, aunque a la vez sí quiero, pero no me salen las palabras, solo lágrimas y más lágrimas. “Muchas veces hay una segunda oportunidad para conseguir lo que quieres, y esta es una de ellas”, añade el policía. María le mira y sonríe. “Yo… solo quiero…”, sollozo. “Sé lo que quieres, y todavía puedes conseguirlo”, me dice ella. Creo que quiero ir con ella. No sé lo que va a pasar, pero quiero volver a empezar. Esta tarde, y el último mes no había pensado en qué quería hacer, en cómo quería acabar. Pero creo que quiero intentarlo. Supongo que es difícil que acabe peor que como estoy o como estaba. Me seco las lágrimas y la miro. Ella sonríe y se levanta. Me levanto yo también y me voy con ellos. El policía me hace preguntas, pero María me dice que no responda a la mayoría. Sabe que no quiero responderlas ahora. Nos alejamos por la estrecha y oscura calle.

Por alguna razón, confío en ellos. Supongo que solo es porque necesito confiar en alguien.

Tienen el coche aparcado cerca, y me subo con ellos. María se sienta conmigo en la parte de atrás. Le devuelvo su abrigo y le doy las gracias. “Ahora que estás un poco más tranquilo, me gustaría que me ayudaras con unas preguntas”, dice el policía. “Espera hasta mañana, anda”, le responde María. Le doy las gracias mentalmente. Aunque, por otro lado, quiero hablar. Necesito hablar. Es más, voy a hablar. No de todo, claro. Pero voy a intentarlo. “No, por favor. Contaré algo”. María me mira. “¿Estás seguro? No tienes por qué hacerlo, podemos esperar a mañana”, me dice. “Es que… quiero hacerlo. Quiero hablar de ello, aunque sea un poco”. “Adelante, entonces”, me anima ella. Empiezo contándoles de dónde soy, a qué colegio iba y todo eso. Me preguntan y yo les respondo. Evito el tema de mi casa. Pero acabo llegando. Les hablo de mi madre, lo maravillosa que era. Se la describo a la perfección mientras intento controlar las lágrimas. Desde que la he mencionado en pasado, María ha cambiado su expresión y me mira con tristeza. No me gusta; no quiero dar pena. Cuando acabo de hablar de ella tengo un nudo enorme en la garganta, pero me lo trago. Me quedo callado. Un buen rato. María me mira. Creo que espera que acabe realmente de hablar de mi madre y le cuente qué pasó. Pero de eso sí que no puedo hablar. No quiero ni pensarlo. Y lo estoy haciendo. No, no, no, no. Para de pensar, por favor. Entonces aparece en mi cabeza. Gritos en la cocina. De todo el mundo. Suyos y de él. Y luego lo veo. No quiero verlo y me tapo los ojos, pero lo veo todo. Y lo oigo todo. Y no hago nada para evitarlo. No hago nada. Fue culpa mía. Ojalá hubiera hecho algo. Quizá si lo hubiera hecho también yo estaría muerto. Ni siquiera luego tuve huevos de denunciarlo. Tenía demasiado miedo. Me amenazó. Me fui por la noche y no hice nada. No dije nada. Porque a veces él tenía razón, soy un cobarde y un imbécil y un inútil. Sé que no estoy bien. No quiero que se piensen que estoy loco.

“Para el coche”, oigo a lo lejos de mi mente. “Roberto, mírale. Mírale”. No puedo parar de rememorarlo. No quiero que me lleven a un loquero o algo así. “Roberto, está blanco. Y mira cómo tiembla. Y mira su cara”. Pude haberlo evitado. A lo mejor no, pero a lo mejor sí. Joder. Había apartado ese recuerdo de mi mente, y he hecho mal en traerlo de nuevo. De repente noto una mano en el brazo y salgo de mí mismo. “Cielo, ¿estás bien?”. No sé. “Sí”, respondo. “No, yo creo que no. ¿Qué pensabas?”, me pregunta el policía. No queráis saberlo.“Nada”. Me intento recuperar. “Quiero empezar otra vez. ¿Podré hacerlo?”, digo, aunque solo quería pensarlo. María me sonríe. “Claro que puedes hacerlo”. El policía arranca. “No nos has hablado de tu padre”, dice. “Creo que no deberías…”, responde María, pero yo la interrumpo: “Él no se merece ni siquiera que hable de él”. “Me gustaría saber algo”, insiste el hombre. “¿Qué quieres saber?”. Mierda. No sé para qué he preguntado eso. No quiero hablar. “Chico… ¿Te pegaba?”. No respondo. Claro que lo hacía, y todavía lo hace en mis pesadillas, y creo que lo hará allí toda mi vida. Y el policía lo sabe y no sé para qué pregunta. María no lo habría preguntado. “¡Roberto! ¡Ten un poco de tacto!”, le recrimina ella. Quiero que me dejen en paz todos de una vez. Pero a la vez no. “Por favor. No quiero hablar de mi pasado, vale. No quiero. Es que no puedo. O sea, claro que puedo y a veces quiero hacerlo, pero me pongo a pensar y recuerdo cosas que no quiero y lo odio y no sé qué hacer. Lo único que quiero es volver a empezar. Quiero que alguien esté conmigo. Solo necesito a alguien que vaya a estar conmigo y que no me vaya a dejar. Y que me pregunte por la mañana qué tal he dormido y que antes de irme me dé un beso y que al llegar del instituto me pregunte qué tal me ha ido y que me lleve al cine y cenemos en el Burguer y entre a mi habitación por la noche y me diga que me quiere y me de las buenas noches. Y no… no quiero… Solo eso, vale. A lo mejor es mucho, pero mucha gente lo tiene y yo no y no lo entiendo. Y nadie debería odiar a su padre porque ningún padre debería dar razones para ser odiado. Y las madres no debería morirse nunca. Y creo que no es algo tan difícil de conseguir, y me gustaría tenerlo. Solo eso”. Me callo. Todo el mundo se calla. Solo se oye el ruido del coche. Miro a María. Tiene lágrimas en los ojos. Vaya. Y entonces me abraza. Primero me quedo sorprendido. Llevo necesitando un abrazo tanto tiempo que no sé cómo reaccionar. Y después dejo que me abrace y ella me dice que va a encontrarme a alguien genial, y que si no encuentra a nadie ella misma será ese alguien. Entonces me siento bien. No genial. Pero no me siento tan mal, y creo que sonrío y todo. ¿Y si lo consigo? ¿Y si consigo empezar otra vez y tener a alguien a mi lado? Le doy las gracias. Ojalá todo sea genial a partir de ahora. Seguro que lo será. Aunque necesite ayuda.

Entonces ocurre algo raro. Muchos pitidos. ¿Qué? ¿Qué pasa? “¡Roberto, cuidado!”, chilla María. Qué está pasando. Mas pitidos. Otros coches. Luces. Derrapes. Gritos. Un golpe enorme, un estallido. Y nada. Fundido en negro.

 

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