Capítulo 2.

Sonó el despertador a las 7 y me desperté con los hombros doloridos de alguna mala postura. Estaba muerta de sueño , y ahora tenía calor, así que me quité las mallas y el jersey, y cambié la camiseta de pijama por una azul más o menos de mi talla.

Después de pasar por el baño fui a la cocina, y me encontré a mi abuela tomándose un café y a Diego echando leche en una taza de Homer Simpson, de esas que vienen con el periódico.

-Buenos días, cariño –dijo mi abuela.

-Buenos días, Elena –dijo Diego.

-Buenos días –respondí con voz ronca.

Entonces vi a Diego mirándome de una manera que no supe interpretar, hasta que apartó la mirada sonrojándose y me di cuenta de que estaba en bragas. Qué vergüenza, por Dios.

-Lo siento –dije deprisa, y fui corriendo a mi habitación a ponerme unos pantalones largos vaqueros. Pude oír como mi abuela se reía.

Cuando volví a la cocina, Diego había puesto la taza de Homer Simpson donde yo me sentaba y un vaso (que fue de Nocilla) con leche para él. Cogí unas galletas María del armario y nos pusimos a desayunar. Hubiera sacado la mantequilla (en realidad margarina) si hubiéramos tenido, pero el día anterior no había hecho la compra. También hubiera calentado la leche en el microondas, pero estaba roto, y como Diego no reclamó leche caliente, y a mi me daba mucha pereza calentarla al fuego, tomamos leche fría.

A las 7:30 habíamos terminado de desayunar y yo estaba en el baño peinándome. Nunca me maquillaba, básicamente porque no tenía maquillaje. Bueno, tenía un lápiz de ojos que usaba alguna vez. Alguna vez me habían maquillado en casa de Estela o Carolina o Paula, y no me disgustaba como me quedaba. Incluso me había visto guapa.

Estaba lavándome los dientes cuando Diego llamó a la puerta del baño, aunque estaba abierta.

-Elena.

-¿Hmm? -dije con la boca llena de pasta de dientes. Eso hizo reír un poco a Diego.

-Tengo que irme a casa, a por mi mochila. Para el cole.

Escupí en el lavabo y me dio un poco de vergüenza hacerlo delante de él. Luego me enjuagué la boca y respondí:

-Claro, ya nos vemos en el instituto. Bueno, si quieres puedo acompañarte y pasamos de camino.

-No, gracias, prefiero ir solo. Perdona. Ya nos vemos allí.

-Ah, bueno.

Le acompañé hasta la puerta.

-Gracias por todo, Elena. Espero no tener que volver a molestarte.

-Yo también lo espero -dije, y enseguida me di cuenta de que eso había sonado bastante borde-. O sea, me refiero a que espero que no vuelvas a tener motivos para venir. Es decir, puedes venir para lo que quieras, pero que espero que no sean motivos como los de anoche los que te hagan venir -respiré hondo-. No eres ninguna molestia.

Él sonrió, me había entendido. Hizo un amago de acercarse a mí, como si me fuera a abrazar, pero dio unos pasos hacia atrás, se despidió y se fue.

-Adiós, Diego -dije mientras él bajaba las escaleras. Ni siquiera sé si me oyó.

Cerré la puerta y fui a mi habitación.

-Un chico encantador -me dijo mi abuela cuando pasé junto a la puerta de su habitación. Se estaba poniendo un collar.

-Lo es, abuela -respondí sonriendo.

Claro que lo era.

Recogí de mi mesa el estuche, la calculadora y un par de cuadernos y los metí en la mochila. Cogí también el mp3 y los cascos y me los metí en el bolsillo . Eran las 7:40. Iba bien de tiempo para llegar al instituto.

Fui a la habitación de mi abuela.

-Me voy, abuela.

-Pásalo bien en el cole, cielo.

Le di un beso. Fui a la entrada y cogí mi sudadera de una silla y las llaves de un cuenco en una estantería junto a la puerta. Mientras bajaba los tres pisos de escaleras saqué el mp3 y me puse los cascos. “Stairway to heaven” sonaba cuando saludé al portero y salí del portal. Hacía un poco de viento, lo normal teniendo en cuenta que estábamos a mediados de octubre, aunque tal vez hubiera debido cogerme un pañuelo para el cuello. Estaba a punto de doblar la esquina del final de mi edificio cuando me topé con Antonio de frente. Me llevé un susto de muerte.

-¡Joder, Antonio! Qué susto -exclamé.

Me miraba raro. Tenía los ojos ligeramente entrecerrados, como si estuviera conteniendo ira. Ni siquiera me había saludado con un pico, como solía hacer.

-¿Qué pasa? -pregunté, tocándole el brazo. Él me apartó la mano.

-Había venido a buscarte, pero entonces me he preguntado una cosa. ¿Qué hacía el gilipollas del Diego ese saliendo de tu portal? ¡¿Eh, Elena?! -gritó. Me quedé atónita. Se fue acercando a mí hasta que mi espalda tocó la pared-. ¡¿Qué coño hacía ese pringado saliendo de tu portal?! ¡¿Ha dormido en tu casa?!

-A-Antonio… relájate. Es mi amigo. Tenía problemas en su casa y ha tenido que dormir en la mía,solo eso, no es…

-Me importa una mierda la razón por la que haya dormido en tu casa -me interrumpió-. El hecho es que un subnormal ha dormido con mi novia, y no pienso tolerar eso.

-¿Cómo que “no piensas tolerar eso”? -dije, comenzando a cabrearme-. ¿Quién te crees que eres para decirme lo que puedo o no puedo hacer?

-¡Soy tu novio, joder!

-¡Eso no te convierte en mi dueño! -grité. La gente nos empezaba a mirar mal.

-Tal vez sí.

Yo estaba flipando. Entonces Antonio sonrió de manera siniestra.

-De todos modos, creo que antes le he dejado bien claro a ese marginado de mierda cómo de lejos quiero que esté de mi chica.

Abrí los ojos como platos y me quedé sin aliento.

-¿Qué…?

Se me encendió la cara y noté que me ardía el cuerpo.

-¡¿QUÉ COÑO LE HAS HECHO A DIEGO?! ¡ERES UN ESTÚPIDO!

-¡Simplemente le he dado una lección para que no se atreva a tocarte ni a dormir en tu puta casa! ¡Y no me hables así!

No pude más y le di un tortazo con todas mis fuerzas, dejándole una gran marca roja en la cara. En seguida me arrepentí, sobre todo cuando él me lo devolvió el triple de fuerte. Se me saltaron lágrimas de rabia. Entonces me aprisionó contra la pared y me sujetó las muñecas apretándolas con sus manos. Se acercó a mi oreja, hasta que su boca casi la tocaba.

-Escúchame, pequeña Elena -susurró-. Cómo vuelva a verte demasiado cerca de Diego, o de cualquier otro chico que yo encuentre sospechoso, os vais a enterar. Tú y el chico en cuestión. Especialmente Diego; ahora le tengo ganas. Así que si aprecias a tu amigo, dile que te deje en paz o le daré otra lección. ¿Entendido?

Estaba muy nerviosa. Le miraba temblando con los ojos muy abiertos. Antonio me miraba con una mirada fiera y posesiva.

-¿Me has oído?

Yo estaba de piedra.

-¡Eh! -dijo, dándome un meneo.

-Sí -respondí.

-Bien.

Se pegó a mí y empezó a darme besos por el cuello. Yo quería que parase, pero no me atrevía a decirle nada. Me apretaba las muñecas y me hacía daño.

-Va-vamos a llegar tarde… -susurré, pero él me calló besándome en los labios, y aprovechó que yo tenía la boca abierta para meterme la lengua y empezar a juguetear con ella. Ya llegábamos tarde. Me soltó las muñecas y bajó las manos a mi culo.

-Antonio… venga, para… llegamos tarde…

-Cállate.

Siguió besándome el cuello. Dirigió su boca a mi oreja y empezó a lamerme el lóbulo, para después morderlo mientras me apretaba el culo fuertemente con las manos. No pude evitar dar un leve gemido. Él sonrió. Me hacía daño. Yo solo quería que parase.

-Por favor…

¿Qué coño le pasaba? Siempre había sido posesivo, pero aquello era demasiado. Se había trastornado. Me daba miedo. Así que en ese momento decidí que era mejor obedecerle, si no quería poner a Diego en peligro. O a mí misma.

-Por favor, Antonio… Vámonos ya…

Me dio una cachetada en el culo que hizo que me sobresaltara, lo cual le hizo sonreír.

-Está bien. Vamos.

Me agarró fuerte por la cintura y fuimos juntos al colegio. A él ya casi no se le notaba la marca de mi tortazo, pero a mí aún me ardía la cara, y deseé que no se me notara por miedo a lo que pudiera pensar la gente, sobre todo los profesores.

Llegamos al colegio diez minutos tarde, y él se metió a su clase despidiéndose dándome un pico. Me quedé delante de la puerta de mi clase. Me daba vergüenza entrar cuando la clase había empezado hacía casi 10 minutos. Odio llegar tarde. Normalmente llego a los sitios unos minutos antes de la hora. Además, era miércoles, y los miércoles a primera hora tenía historia con mi profesor favorito, al que no quería decepcionar. Llamé flojito a la puerta. Vi por la ventana de la puerta como el chico que estaba sentado más cerca de la puerta iba a levantarse, cuando el profe le hizo una seña con la mano y abrió él. Me miró inquisitivamente, con una mirada que me dolió.

-Lo siento –murmuré, bajando la mirada.

-No pasa nada, pero procura que no vuelva a ocurrir.

¿Qué pasaba? Ya me había disculpado y él había aceptado mis disculpas; ¿por qué no entrábamos en clase?

-Elena… -dijo.

Se quedó un momento pensativo.

-Tú eres amiga de Diego, ¿verdad? –preguntó lentamente.

-Sí, es mi mejor amigo.

Hizo un sonidito a modo de “vale”, abrió la puerta y me empujó suavemente la espala para que entrara. Noté todas las miradas en mí, lo cual hizo que me sintiera fatal. Odiaba que me mirasen. Y tener a toda una clase fijándose en mí me intimidaba bastante. Fui a mi sitio junto a Paula, que me sonrió y quitó su estuche de mi mesa. Había supuesto que no iba a venir y había decidido conquistar terreno. Le devolví la sonrisa. Me quité la mochila, la dejé al lado de la mesa y me senté. Saqué el estuche. La gente seguía mirándome. Bueno, ya estaba bien, ¿no?

-Estábamos hablando de la conquista de América –dijo el profesor en voz más alta para llamar la atención de todos y retomar la clase.

Continuó hablando y yo saqué los apuntes y el cuaderno de historia y un lápiz para subrayar. Busqué a Diego con la mirada. Estaba una fila más adelante y a la izquierda. No me había mirado desde que había entrado. Deseé que cuando lo hiciera no me encontrara con un ojo morado o algo así. Decidí ponerme a prestar atención a la clase.

Historia era de mis asignaturas favoritas. Lo que más me gustaba era imaginarme todo lo que nos contaban como si fuera una película. Me parecía muy interesante saber lo que había ocurrido en el pasado. Sobre todo me gustaba el tema de las formas de vida, aunque desgraciadamente no era algo que saliera en el temario demasiadas veces. Por suerte, el profesor nos lo contaba. Es posible que una de las razones por las que además me gustaba la asignatura fuera por el profesor. Se llamaba Federico, y era un profe enrollado. Sabía ponerse serio, pero por lo general, daba sus clases con bastante fluidez y las hacía bastante participativas. De vez en cuando gastaba una broma. Sin embargo, los alumnos le respetaban, tal vez porque les gustaban sus clases y querían que siguieran siendo así. Además, era un profesor en el que prácticamente todos confiábamos, en el sentido de que le contábamos nuestros problemas y él se interesaba y nos ayudaba. Si te veía triste en clase, luego hablaba contigo. Hacía ese tipo de cosas. Y, bueno, además era guapo, para tener unos 35 años. Era muy alto y tenía la cara alargada y una nariz grande y recta. Tenía los ojos brillantes y marrones y solía llevar el pelo un poco alborotado. Vestía con jerseys y Converse de colores. Estoy segura de que en otro instituto no hubieran dejado a un profesor llevar Converse, pues lo hubieran considerado absurdamente “informal”. Pero en el nuestro les daban bastante libertad para vestir, igual que a nosotros. Era muy guay, y todos le adorábamos.

Hacia al final de la clase, Federico dijo:

-Para el final de la evaluación quiero que me hagáis un trabajo por parejas sobre algo que no hayamos visto en clase, pero que ocurrió en el período de tiempo en el que se sitúan los apuntes. Podéis echar un vistazo a lo que daremos más adelante por si queréis ver hasta que época llegaremos. Quiero que le echéis imaginación. Podéis hacer una presentación power point, un trabajo escrito, un vídeo… Como si queréis hacerme una representación teatral. Podéis hablar de un personaje, de un hecho, de una ley… De lo que se os ocurra. Los expondremos la última semana antes de las vacaciones de Navidad, después de los exámenes globales.

En lo que había estado hablando, unos pocos habían prestado atención, pero la mayoría se había puesto a buscar pareja en cuanto había dicho “trabajo por parejas”. Miré a Diego, pero él no me miraba. Siempre nos poníamos juntos para los trabajos, y siempre nos mirábamos y nos sonreíamos. Pero esta vez no. Se había tomado muy en serio la amenaza de Antonio. “Mierda”, pensé. Me acabaría quedando sola. Aunque en realidad era imposible, porque éramos pares. Así que a no ser que Diego encontrara pareja, acabaríamos juntos. Entonces Paula me dio un golpecito en el brazo.

-Elena.

La miré.

-¿Te pones conmigo? –preguntó.

Qué raro. Paula solía ponerse con Estela, y Carolina con su amigo David. La mitad de la clase opinaba que David y Carolina hacían buena pareja y que deberían salir. La otra mitad pensaba que ya estaban saliendo en secreto. Yo pensaba que David era gay.

-Claro –respondí.

Pensé que si Paula se había puesto conmigo en vez de con Estela era porque se habían enfadado, o algo así.

Federico recogió sus cosas de la mesa y la gente aprovechó para hablar y levantarse. Ahora teníamos inglés oral, un coñazo.

La profesora entró por la puerta y comenzó la clase. Me gustaba el inglés, y se me daba bastante bien, pero la profesora hacia las clases muy aburridas, y en realidad de oral tenía poco, porque casi no nos hacía hablar y hacíamos ejercicios del libro.

La clase se hizo eterna, como siempre, y me la pasé pensando en otras cosas. Antes de salir al patio me iba a acercar a la mesa de Diego a hablar con él y ver qué tal estaba. Luego en el recreo, hablaría con Paula para que me contara que le había pasado con Estela. Por lo general, la gente solía contarme las cosas, y confiaban en mí. Incluso compañeros con los que casi no hablaba a veces me contaban sus problemas. Yo intentaba ayudar. Supongo que confiaban tanto en mí porque sabían que no se lo iba a contar a nadie, porque no tenía nadie a quien contárselo. Bueno, todo el mundo sabía que la única persona a quien se lo contaría sería a Diego, y eso no suponía un problema para ellos. De modo que me enteraba de todo lo que pasaba entre la gente. A veces eran temas de que a alguien le gustaba alguien y me pedían consejo, o cosas así. Pero me habían llegado a contar cosas muy personales. Como cuando Claudia me contó que creía que estaba embarazada. Luego resultó que no, pero estuvo encima de mía para que la consolara. O como cuando hubo problemas en la familia de Pablo y sus padres acabaron separándose. Cada día me contaba qué había pasado la tarde anterior en su casa. Pero, a pesar de que me contaran sus problemas y contaran conmigo para resolverlos, nuestra relación no pasaba de ahí. No me preguntaban si quería ir al cine con ellos, o si quería irme esa tarde a su casa, o cualquier cosa que hacen los amigos. Además, ninguno de ellos se preocupaba por mis problemas.

Por fin llegó la hora, y en cuanto la profesora dio por terminada la clase corrí a la mesa de Diego antes de que pudiera huir para evitarme. Me puse detrás de él.

-Diego –le llamé.

-¿Qué pasa? –me dijo, con la cabeza baja, sin que pudiera verle la cara.

-¿Estás bien? –pregunté, apoyando mi mano derecha en su hombro.

Suspiró, se dio la vuelta en la silla y me miró. Me quedé pasmada y odié a Antonio con todas mis fuerzas. Le había dejado el ojo derecho morado. Bueno, no era morado literalmente. Tenía una herida en la ceja y otra en el pómulo y algo así como trozos de moratón alrededor del ojo. Además tenía una marca roja con puntitos de sangre en el lado izquierdo de la cara, como de un tortazo. No me imaginaba a Antonio dando un tortazo… Excepto de a mí, claro.

-Diego… Lo siento… -dije.

-No pasa nada, Elena. No es tu culpa. No pienses que lo es, por favor.

-Pero… -Me toqué el lado izquierdo, como preguntándole por esa marca- ¿Antonio te ha hecho eso?

-No, él me ha hecho esto -Se señaló el ojo.

-¿Entonces…?

-Ha sido Marina –dijo con voz neutra-. Tenemos que irnos ya al patio, Elena.

-Ya. Vale.

Salimos de clase y yo me metí al baño, en parte para darle ventaja a Diego y que Antonio no nos viera salir juntos, y en parte porque quería beber agua y estar un rato sola. Salían dos chicas por la puerta cuando entré, de modo que solo estaba yo. Bebí un poco de agua y me quedé con las manos apoyadas en el lavabo mirando mi reflejo en el espejo. Ya no tenía marca de la bofetada de Antonio. Pensé que tendría que cortar con él cuanto antes. Pero luego pensé que seguramente todo esto se le pasaría, y decidí darle otra oportunidad. En realidad no estaba tan segura de que se le pasaría, pero tenía miedo de las consecuencias que pudiera sufrir cortando con él. Me peiné un poco con los dedos y salí del baño para bajar al patio.

Cuando bajé las escaleras, Paula me estaba esperando abajo y vino hacia mí. También vi a Antonio mirándome desde lejos para comprobar que bajaba sola. Cuando vio que no iba con nadie (con ningún chico) dejó de prestarme atención.

-Elena –me llamó Paula.

-Hola –dije, sonriendo.

Titubeó un poco y luego dijo:

-¿Qué tal?

-Bien –respondí. Cuando alguien te pregunta eso no espera que le digas realmente cómo estás, así que todos contamos esa pequeña mentira que es a veces el “bien”, para no comprometer a la otra persona a preocuparse por nosotros-. ¿Tú?

-Bien –respondió. Parecía un poco nerviosa-. Bueno, no sé. En realidad no lo sé.

-¿Quieres hablar?

-Sí, por favor.

Fuimos hacia un muro bajo para sentarnos. Ella me paró un momento.

-Espera, Elena. Quiero hablar contigo, pero no como hablas con todos. Quiero hablar contigo como amiga. –Bajó la mirada-. No sé si me entiendes.

-Creo que sí.

En realidad no estaba segura de a qué se refería. Bien es cierto que Paula había sido siempre la que más cerca había estado de mí del grupo, pero estaba tan acostumbrada a que la gente me contara sus problemas sin tener en cuenta los míos, que no sabía cuál era la diferencia entre las otras veces y esta.

-Bueno… -dijo Paula sentándose-. Estela y Carolina están enfadadas conmigo.

-Me lo había imaginado; siempre os ponéis juntas en los trabajos.

-Ya… -dijo Paula. Parecía como si tuviera un montón de cosas que decir, pero no salieran de su cabeza-. Oye, espero que no haya parecido que te tengo de segundo plato. Yo no quiero que parezca eso. Me gusta estar contigo y muchas veces he tenido ganas de ir contigo en los trabajos, o cosas así, pero siempre te pones con Diego. Sé que es tu mejor amigo.

-Sí, sí lo es. Pero si has querido estar conmigo podrías habérmelo dicho y ya está –dije, intentando sonar lo más amable posible. Me sentí un poco mal, porque hasta entonces había estado pensando que Paula me estaba usando de segundo plato. Pero vi que no era así, y sentí una sensación extraña en el estómago.

-Ya… Lo siento.

-No, no, no sientas nada, por favor. Dime, ¿qué te ha pasado con Estela y Carol?

-A ver… -empezó ella. Se notaba que no sabía por dónde empezar. Se mordió el labio inferior.

La rodeé con el brazo para intentar darle confianza.

-Ayer después de piano –continuó. Las tres iban juntas a clases de piano los martes.- fuimos al parque, como otros días. Y estuvimos ahí un rato, hablando de cosas irrelevantes. Luego Estela empezó a decir lo típico de “ay, qué buenas amigas que somos, nunca nos vamos a separar, no hay secretos entre nosotras, nos lo contamos todo…”, y esas cosas. Y en una de estas, dije sin pensar “Bueno, podemos tener secretos”, refiriéndome a que no hay por qué contárselo TODO a las amigas. Ellas se lo tomaron mal y Estela decía todo el rato que éramos mejores amigas y que no tendría que haber nada que no pudiéramos contarnos, pero yo no estoy de acuerdo. Hay cosas que te quieres guardar para ti, o para otras personas. –Hablaba gesticulando mucho-. Entonces Carol preguntó que si yo tenía algún secreto que no les hubiera contado. Debería haberles dicho que no, y haber acabado ahí la conversación, pero estaba tan enfadada que les grité que sí lo tenía, y que no tenía por qué contárselo, que tenía derecho a  la intimidad y a tener mis secretos. Y, bueno, seguimos discutiendo… Estela me dijo que si no quería contarles mi secreto, es que no éramos mejores amigas y que sería mejor que me fuera. ¡Me estaba echando del parque! ¿Te lo puedes creer?

-Viniendo de Estela, me lo creo.

Paula soltó una risa sarcástica y siguió hablando.

-Me fui a mi casa y cuando miré el móvil vi que me habían expulsado del grupo de WhatsApp que tenemos. Oh, por favor. ¡Mira qué ofendida estoy porque me hayan expulsado de un grupo de WhatsApp! –Dijo todo esto con un tono irónico y gesticulando dramáticamente.

-Entonces, es por eso por lo que estáis enfadadas. ¿Y quieres arreglarlo, o te alegras de que haya pasado esto? O sea, no me malinterpretes. Quiero decir que si en el fondo querías que pasara algo así. Bueno, no sé si me estoy explicando.

-Sí, entiendo lo que quieres decir. Pues sinceramente, Elena, me alegro de que haya pasado. Esto me ha hecho darme cuenta de lo gilipollas que es Estela, aunque creo que en el fondo ya lo sabía. Y Carol, que se comporta como su perrito faldero. –Se la notaba enfadada y feliz a la vez-. Ahora me siento libre para hacer lo que quiera y cuándo quiera, y no cuando a la señorita Estela le apetezca. No tengo por qué contarles todo. Tú entiendes eso, ¿verdad?

-Sí, entiendo que todos tenemos derecho a tener secretos y me parece una tontería enorme que se hayan enfadado contigo por eso. Creo… -No estaba segura de si debía decirle eso. Decidí que sí-. Creo que me alegro de que te hayas enfadado con ellas. Creo que te irá mejor sin ellas. No quiero que suene mal; me refiero a que siempre he notado que reprimías tu manera de ser y tus gustos al estar con ellas, para caerles bien. En realidad creo que no estoy segura de cómo es la verdadera Paula.

Esperé impaciente a ver su reacción. Se empezó a reír. Menos mal.

-Sí, en realidad tienes toda la razón. Llevo mucho tiempo queriendo hacerme mechas azules, pero no me las he hecho por miedo a su reacción. También quiero vestir como a mí me guste, y no con la ropa que compro cuando estoy con ellas.

Volvió a reír.

-El problema es que no sé con quién voy a estar ahora –continuó y me miró. Supe que esperaba que dijera: “Puedes venir conmigo”. Eso suponía tener una amiga (chica) de verdad, y la idea me emocionaba y me asustaba.

-Puedes venir conmigo. A mí me encantaría conocerte como eres –dije finalmente, sonriendo.

Entonces ella sonrió y volvió a morderse el labio inferior. Nunca me había dado cuenta de que lo hacía. Y me abrazó. Respondí a su abrazo y me di cuenta de que olía a vainilla. Yo no olía a nada porque no usaba colonia. Supongo que olería a mí misma.

-Una cosa –dije. Tenía una pequeña duda-. A mí no me entusiasma ir con Estela y Carolina. ¿Debería decírselo o simplemente pasar de ellas?

-Pasa de ellas, y pasémonoslo bien juntas –respondió riendo.

Estuvimos el resto del recreo sentadas y hablando de lo mal que le caía Estela ahora a Paula. En un momento pasaron Estela y Carolina por delante en una de sus rondas por el patio y nos miraron con cara de asco. Supe que habían entendido mi opinión en cuanto al tema. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos para no oírnos, nos echamos a reír.

Sonó la alarma que indicaba el final de la media hora de recreo. Nos levantamos y en la vuelta a clase, Paula me dijo:

-Oye, Elena, si no tienes planes para esta tarde, puedes venirte a mi casa. Es más, si a tus padres… –Se calló y se tapó la boca-. Lo siento –se disculpó. Me miró con cara de preocupación, pero yo le sonreí y le dije que no pasaba nada-. Quería decir tu abuela. Si a tu abuela no le importa, puedes quedarte a comer a mi casa y pasar la tarde conmigo.

Parecía entusiasmada. Yo no tenía planes para esa tarde. Casi nunca tengo planes para por las tardes, y estudiaba más bien poco. Mis tardes solían basarse en hacer deberes, hacer la compra u otras cosas de casa y quedar con Diego de manera espontánea. Por alguna razón, me hizo muchísima ilusión aquella petición, y tuve que controlarme para no llorar de alegría. Sonreí.

-Claro, Paula. Me encantaría. A la salida llamo a mi abuela a ver que me dice. Supongo que no le importará.

Ya en clase, miré a Diego. Normalmente yo estaba con él en los recreos. Me preguntaba qué habría estado haciendo.

Teníamos mates con una profesora aburrida, pero que explicaba todo bastante bien. Luego tuvimos lengua, y dedicamos la clase a la sintaxis, lo cual fue bastante aburrido. En realidad me gustaba la sintaxis, al contrario de a la mayoría de la gente, pero me gustaba en la práctica. La teoría se me hacía excesivamente fácil, por lo que me aburrían las explicaciones del profesor, y eso que el profesor me gustaba. Pero me gustaba más cuando hablaba de literatura. Así que pasamos la clase analizando oraciones, y en el tiempo que pasaba entre que yo acababa una y el profesor mandaba otra (que era bastante tiempo) me dediqué a pensar.

La verdad es que en el fondo me alegraba de que Paula y Estela se hubieran enfadado. Quería conocer a Paula realmente tal y como era, y me alegré mucho de que ella hubiera contado conmigo. Sin embargo, me asustaba un poco la idea de tener una amiga de verdad. No estaba del todo segura de por qué. Tal vez por miedo a que ella se cansara de mí.

Seguía bastante cabreada con Antonio. No podía ser tan posesivo; resultaba psicótico y siniestro. Además, le había hecho daño a Diego, y eso sí que no. No sabía qué hacer.

Terminó la clase de lengua y empezó la de tecnología. La profesora nos mandaba trabajos para hacer en la sala de ordenadores, y nosotros los hacíamos. Cuando acabábamos podíamos hacer lo que quisiéramos hasta que mandara otro. Aunque no nos pasábamos toda la clase haciendo trabajos. También nos dedicábamos a ver vídeos, escuchar música y esas cosas cuando la profe no miraba, que era casi siempre. Y cuando miraba hacía la vista gorda.

Fuimos a la sala de ordenadores, y por el camino me acerqué a Diego. Siempre nos poníamos al lado en tecnología, y deseé que quisiera ponerse conmigo hoy.

-Te pones a mi lado, ¿no? –pregunté para asegurarme.

-Claro, como siempre –dijo él sonriendo.

Aunque sonriera, le notaba más melancólico de lo habitual. Bueno, obviamente, Diego no estaba siempre melancólico, también nos reíamos y hacíamos el tonto y esas cosas. Pero siempre quedaba en su mirada una lucecita triste.

Yo aún tenía que terminar el trabajo, que consistía en hacer un vídeo sobre la obsolescencia programada. Era bastante interesante, la verdad. Solo me quedaba añadir una conclusión final y pasármelo a un pen-drive. Mientras yo acababa, Diego puso un concierto de The Who en YouTube en su ordenador, y compartimos los cascos. Acabé bastante distraída, mirando cada dos por tres el ordenador de Diego.

-Dios, ¡Keith Moon era la hostia! –exclamé, pasmada frente a la pantalla.

-¡Elena! –dijo Diego cogiéndome la cabeza con las manos y moviéndomela para que quedara mirando a mi ordenador-. ¡Céntrate!

Nos echamos a reír. Acabé mi trabajo y moví mi silla para estar más cerca de Diego y poder ver mejor su ordenador. Pasamos el resto de la clase viendo el concierto y soñando que estábamos allí, mientras la gente de alrededor nos miraba raro por ver “vídeos antiguos” de “grupos antiguos”.

Dieron las dos y recogimos todo para salir. Diego y yo seguíamos hablando entusiasmados.

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