Capítulo 1.

Estábamos cenando cuando sonó el timbre, como tantas otras veces a estas horas. Me levanté.

-Voy yo, abuela.

Suspiré, como siempre, y miré por la mirilla para encontrármelo cabizbajo, como siempre. Abrí la puerta, y él me miró un momento. Enseguida bajó la cabeza y esperó, como siempre, a que le invitara a pasar.

-Pasa, por favor.

-Gracias

Le miré y vi el dolor en sus ojos, como siempre. No me lo pensé y le abracé. Él se dejó abrazar mientras mi abuela preguntaba quién era el que había llamado.

-¿Has cenado? –pregunté.

-Sí –mintió él.

-Ven a la cocina.

Le cogí del brazo y le acompañé hasta la cocina.

-Hola, Diego –saludó mi abuela, sonriente.

-Hola, María –respondió él con una media sonrisa-. Buenas noches.

-¿Quieres cenar algo?

-No, gracias. No quiero ser una molestia.

-No es molestia, cariño. Ponte un plato de lentejas, que como sigas así en cualquier momento se te lleva el viento.

Sonreí, y él hizo lo mismo. Los dos sabíamos que mi abuela tenía razón. Cogí un plato y se lo llené con todo lo que quedaba en la olla, que tampoco era demasiado.

-Muchas gracias –me dijo, mirándome a los ojos.

Nos quedamos un segundo mirándonos, hasta que me senté. Terminamos de cenar sin hablar apenas. Mi abuela se fue a dormir y Diego se ofreció a lavar los platos. Acabamos lavándolos juntos. Después cogí una manzana para mí y otra para él, fuimos al salón y nos sentamos en el sofá.

-Lo siento, Elena.

Miraba al suelo.

-No tienes que sentir nada –dije, rodeándole los hombros con mi brazo izquierdo. Él se movió un poco.

-Sí, si que tengo que hacerlo. Siento haber venido. Ya bastante mal os van las cosas a ti y a tu abuela como para que encima tengas que cargar conmigo.

-Que vengas a cenar algún día no va a hacer que nos arruinemos.

-No sé, me siento mal.

-De verdad, no importa. Soy tu amiga y me preocupo por que estés bien. Y a mi abuela le pareces majo. No eres ninguna carga.

-Creo que sois las únicas para las que no lo soy.

Me quedé callada y él también. Miraba al suelo con la cabeza baja, y yo le miraba a él. El flequillo le tapaba los ojos.

-¿Tienes agua oxigenada? –preguntó. Me quedé extrañada-. Tengo una herida en la rodilla.

-Ah, claro, ven.

Fuimos al baño, y mientras yo buscaba en un armario, él se remangaba la pernera derecha. Tenía una buena herida en la rodilla y algún moratón.

-Me he caído al salir de casa –me explicó con voz neutra.

Cogí un trozo de papel y lo puse junto a la herida. Vertí un poco de agua oxigenada y vimos como salían burbujitas blancas. Repetí el proceso y lo sequé un poco.

-¿Tienes alguna otra herida? –pregunté.

-No. –Me miró. Sabía a qué me refería-. Hoy no. Me he ido antes.

-Bien.

-Gracias, Elena.

Sonreí a modo de “de nada”.

Volvimos al salón y volvimos a sentarnos en el sofá, pero pensé que a lo mejor quería dormir, así que me levanté y dije:

-Perdona, no sé si quieres dormir ya.

-No, no. –Alargó el brazo para tocarme la mano, pero en seguida lo apartó-. Me apetece estar contigo un rato más, si no te importa.

-Claro que no me importa.

Sonreí y me senté a su lado. Volví a rodearle los hombros con el brazo. Nos quedamos callados.

-Se me ha caído un plato de la vajilla de Marina, y se ha roto. Está obsesionada con todas sus cosas, así que imagina cómo le ha sentado. Se ha puesto hecha una furia. Menos mal que no estaba mi padre.

-Jopé –murmuré.

Marina era la novia del padre de Diego. Era una arpía. Una bruja, la típica madrastra malvada, e incluso peor. Y el padre era fino también, así que Diego muchas veces acababa en mi casa por miedo a la suya. Como esta vez. Le acaricié el hombro.

-Quisiera tener una familia de verdad –murmuró.

-A mí también me gustaría –dije sin mirarle.

-Tú la tienes. –Giró la cabeza hacia mí-. Tal vez no sea una familia normal, pero tienes a tu abuela, y ella te quiere.

No sabía qué decir. Temía dañarle.

-Perdona. En realidad no me gusta auto compadecerme –se disculpó.

Volvió a bajar la mirada.

-Al menos te tengo a ti –susurró en voz tan baja que me costó un poco darme cuenta de lo que había dicho.

-Y siempre me tendrás –respondí en el mismo tono de voz.

Le abracé. Es un poco difícil abrazar a alguien estando sentado, pero le apreté contra mí mientras acariciaba su espalda. Él me abrazó también. Estuvimos así un buen rato. Notaba sus omóplatos debajo de mis manos y su pelo en mi cuello. Notaba su olor y sus brazos en mi cintura. De repente noté algo frío en la cara. Le aparté de mí delicadamente y le miré, sujetándole por los hombros. Rápidamente, se pasó el dorso de la mano por la mejilla intentando borrar el rastro, pero yo había notado esa lágrima.

-Ey… -dije en voz baja, acercándome a su cara-. ¿Qué pasa?

-Todo… O sea, no sé. Lo siento. Debes de pensar que soy idiota.

-Yo no pienso eso.

Me puse muy seria y él bajó la mirada, con los ojos más tristes del mundo.

-Deberías dormir –dije.

Me levanté y cogí una manta del sillón para ofrecérsela. Él la cogió.

-Muchas gracias. De verdad. No sé qué haría sin ti.

Sonreí y me agache para darle un beso. Le cogí la cara suavemente y le planté un ligero beso en la frente. Tal vez fueron imaginaciones mías, pero hubiera jurado que se sonrojó un poco. Me fui del salón y escuché como se tumbaba en el sofá y se arrebujaba en la manta.

Pasé por la habitación de mi abuela y la vi durmiendo. Fui a la mía y me puse el pijama. En realidad era una camiseta gigante y vieja que me llegaba por encima de las rodillas, aunque yo era bajita. No pensaba en nada. Bajé la persiana y me tumbé en la cama.

Me puse a pensar.

Diego no se merecía esto. Era la persona más buena que conocía. No solo era bueno, también era inteligente, de comportamiento humilde y tolerante, y además dibujaba muy bien. Yo le conocía desde mi primer año en el instituto, aunque en realidad nos habíamos hecho como mejores amigos este último año, desde el curso pasado, cuando le cambiaron a mi clase y nos pusimos juntos para un trabajo. No lo elegimos nosotros, pero fue uno de esos momentos en los que el profesor pide a los alumnos que se pongan por parejas y todos miran a sus mejores amigos. Como yo no tenía mejores amigos y él tampoco, al final nos quedamos solos y nos hicieron ponernos juntos. A partir de ahí empezamos a conocernos. En realidad yo era su única amiga, y él era mi único amigo de verdad. Solo a él le contaba las cosas importantes, y solo con él me sentía realmente a gusto para ser yo misma. Ni siquiera con Antonio me sentía así, ni de lejos. Antonio era algo así como mi novio. Pasábamos tiempo juntos, me invitaba al cine (una suerte, la verdad, porque si no, dudo que yo me hubiera gastado dinero en ir al cine), y nos besábamos. No sabía exactamente qué sentía hacia él. Era guapo, aunque un poco corto. Tenía abdominales y pectorales marcados y todo eso, y era una de las razones por las que el 95% de las chicas de mi curso me odiaba. ¿Cómo un tío tan bueno como Antonio salía con una chica como yo? Yo también me lo preguntaba. Él y yo no hablábamos de cosas importantes. Llevábamos un mes y medio “saliendo”. Últimamente dejaba caer mucho el tema del sexo y me asustaba.

Luego tenía a Carolina, Paula y Estela, que eran como mis amigas, aunque más bien eran ellas tres y yo a parte. Tampoco me sentía especialmente bien con ellas, pero quedábamos y nos lo pasábamos bien.

La única persona con la que me gustaba estar de verdad era Diego. A veces (casi siempre) la gente del instituto me miraba mal por ir con él. Era una especie de marginado. Tal vez fuera porque no hablaba demasiado con la gente, aunque conmigo sí. No sacaba malas notas, pero yo sabía que era capaz de más. Yo sí sacaba buenas notas, aunque no me esforzaba tanto para conseguirlo.

Finalmente, dejé la mente en blanco y me dormí.

Me desperté unas cuantas veces a lo largo de la noche. Tenía frío, y no había mantas en la casa. Me puse un jersey y unas mallas, y conseguí conciliar el sueño hecha un ovillo.

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