Nada en concreto

El frío es bonito y hace que te distraigas. Cuando estoy cabreada me gusta salir fuera y que haga frío porque me distrae. Cuando estoy triste me gusta salir fuera y que haga frío porque me hace pensar en otras cosas. En que tengo frío, por ejemplo. Pero a él no le gusta demasiado el frío. Me lo dijo. Fue cuando le conocí. Yo creo que sí que le gusta el frío, pero hasta cierto punto, como a todos. Cuando hace demasiado y no tienes con qué abrigarte y pasas a sufrir por el frío, supongo que ya no te gustará tanto. Pues supongo que eso es lo que le pasa a él. Creo que fue en la calle del Carmen donde le vi por primera vez, a un lado, un día que, por extraño que parezca, apenas había gente en el centro, sentado en el suelo con las piernas dobladas y rodeándoselas con las manos. Recuerdo que le miré porque me miró, y porque me fijo, claro. Me fijo en la gente. Y él, aunque no estaba entre lo que se entiende por gente cuando se habla del centro de Madrid, estaba ahí y me fijé en él. Y más aún porque me miró. Solo le veía los ojos, porque llevaba una braga que le tapaba la boca y, no se por qué, no la nariz. Yo suelo tener mucho frío en la nariz y no la siento y me resulta molesto, pero a él no le molesta; también me lo ha dicho. Le veía solo los ojos y eran unos ojos tan oscuros y tristes que me fijé aún más. Me paré y debí de parecer un poco tonta quieta en medio de la calle mirando a un chico sentado en el suelo a tres metros y medio de mí. Pero nunca me ha importado parecer tonta. Él apartó la mirada. Además de la braga llevaba una chaqueta negra, y su pelo también era negro. Lo tenía y lo sigue teniendo más bien corto pero medio levantado o en realidad despeinado. Me gusta su pelo. Así que era como una cosa negra sentada con manos blancas que agarraban unas piernas largas y un trocito de cara blanca que asomaba por encima de una braga, con unos ojos oscuros y tristes y una nariz recta y algo grande y roja por un resfriado. Bueno, lo del resfriado lo sé porque no paraba de hacer sonidos con la nariz de los que se hacen cuando uno está resfriado. Así que me acerqué y él no se percató de mi presencia hasta que estuve a su lado, porque había dejado de mirarme. O él no se fijaba o es que yo no era interesante. Me decanto por lo segundo. Y le dije: “Perdona”. Y se sobresaltó y estiró las piernas y se pegó a la pared que tenía detrás. Me alejé un poco de él por si le incomodaba. “¿Quieres un clinex?”, le dije, y saqué del bolsillo y paquete de clinex. Me miró a los ojos y se bajó la braga hasta que pude ver su boca. “Gracias”, dijo. Me fijé en la forma de su cara, que ahora se veía mejor. Era alargada y angulosa y tenía los labios cortados igual que yo, así que pensé que a lo mejor también necesitaba cacao. Bueno, es un poco raro ir por ahí ofreciendo cacao, porque a algunas personas les da asco echarse por los labios algo que ha estado en tus labios. El caso es que me agaché y le di un clinex y él lo cogió. Su mano era blanca y bonita y tenía los dedos largos y finos. También tenía los nudillos rojos, supongo que por el frío, porque a mí también me pasa. Me puse de pie por si quería sonarse en la intimidad. Cuando acabó, se levantó. “Gracias”, dijo otra vez. “No hay de qué”, respondí. Su voz era un poco grave pero sonaba medio taponada y medio ronca, como la mía. Bueno, la suya más. Se metió el pañuelo en el bolsillo y le dije: “Aquí hay una papelera”, porque teníamos una papelera al lado. “Bueno, es que a lo mejor luego lo necesito”, dijo él. “Entonces a lo mejor luego puedo darte otro”, respondí. “¿Y si a lo mejor luego no estás conmigo?”. No supe cómo tomarme eso. No lo había dicho borde ni nada, de hecho, su voz sonaba casi inexpresiva. Me lo tomé como una invitación a que le dejara en paz con su pared y su suelo de la calle del Carmen. “Bueno, entonces mejor me voy”, dije. No dijo nada y se me quedó mirando con los ojos sorprendidos y me fui. No sé en qué momento se me había ocurrido ponerme a hablar con el primer chaval que me había encontrado y que me había llamado la atención. Entonces alguien apoyó su mano en mi hombro y me sobresalté. Me giré y en el pequeño instante que tardé en hacerlo me dio tiempo a desear que fuera el chico de antes y a decirme a mí misma que era tonta varias veces. Me giré y era él. Dio un paso atrás y se me quedó mirando sin decir nada. Yo tampoco dije nada. Pero me fijé en que llevaba unos vaqueros que le quedaban un poco pesqueros y unas converse negras, y deduje que debía de tener los pies congelados, porque cuando llevas converse y hace frío los pies se te suelen congelar a no ser que lleves ocho pares de calcetines más bien gordos. “Las converse dan un poco de frío cuando hace… frío”, dije, porque a veces soy tonta y digo las cosas que pienso en voz alta casi sin darme cuenta. “Ya”, respondió él. Pero no lo dijo borde, sino en un tono más bien simpático. “Perdón”, dije. También tiendo a pedir perdón por todo. “¿Perdón por qué?”, preguntó él y por primera vez sonrió un poco. Solo un poquito, pero yo lo vi, y tenía los colmillos de arriba echados hacia delante, y cualquier dentista le hubiera dicho que necesitaba brackets. “No sé, bueno. Porque en realidad no iba a decir eso, solo lo estaba pensando. Y por si te he molestado antes”, respondí. “¿Cómo vas a haberme molestado? Necesitaba un pañuelo urgentemente”, dijo él. Sonreí. Nos quedamos quietos sin decir nada, en medio de la calle. Era un poco incómodo. “¿Te apetece un colacao?”, pregunté sin pensar. Llevaba cinco euros en el bolsillo y, bueno, me apetecía un colacao. Beber algo caliente puede hacer que te calientes más que simplemente abrigándote. “Hace siglos que no tomo colacao”, respondió él, bajando un poco la mirada y con una media sonrisa. “Pero vale”, añadió.

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