¿Brian y su guitarra? (no tiene título xD)

CAPÍTULO 1

Soy una guitarra. Una guitarra eléctrica.

A lo largo de mi vida me han dicho alguna vez que parezco al modelo Casino, de Gibson, aunque para nada soy de esa marca. Pero soy de calidad, eh.

De mi fabricación recuerdo muy poco, apenas luces, manos y aparatos difuminados y mezclados. De cuando sí tengo más recuerdos es de mi primer día como guitarra eléctrica oficial, en la tienda de guitarras de Ben & Jimmy McHenry, en Manchester. Lo primero que vi, cuando abrieron la caja donde estaba, jamás lo olvidaré. La primera cara humana que veía. Un viejecito pequeño, calvo y con bigote, con cara alegre, me sacaba de mi caja delicadamente y me miraba sonriente. Las primeras manos que me sujetaban del mástil. La primera sonrisa que me dedicaban.

Me colocó en un soporte en la pared, desde donde pude observar el lugar donde estaba.. Se trataba de una tiendecita pequeña, pero de techo alto. Estaba llena de guitarras que subían por las paredes y se apoyaban en el suelo, con diferentes formas y tamaños, con colores dentro de las gamas del marrón y el negro, a excepción de las eléctricas, que variaban un poco su color. La mayoría eran clásicas, había algunas acústicas, y unas muy pocas eléctricas. Entonces yo no sabía cómo era. Supuse que tendría que parecerme a alguna de ellas, pero no sabía a cuál.

Ese día vi otras caras humanas, que me observaban desde fuera, en la calle, a través del escaparate, o que entraban en la tienda y me miraban más de cerca.

Al cabo de unos días fui acostumbrándome a la mirada de la gente.

A las otras guitarras de vez en cuando el viejecito las descolgaba de la pared y las dejaba en manos de algún cliente, que las probaba. Eso era lo más maravilloso. Cuando las manos pulsaban las cuerdas se producía un sonido precioso y armónico. Yo era capaz de percibir la felicidad de la guitarra, y la del guitarrista. También, de vez en cuando, el cliente decidía llevarse una guitarra, y entonces no la volvíamos a ver por aquí.

Desde que descubrí para qué servíamos las guitarras, cada día deseaba con más fuerza que el viejecito me descolgara y me pusiera en manos de alguien que rozara mis cuerdas y acariciara mis trastes, produciendo algún maravilloso sonido.

El tiempo en la tienda parecería monótono a cualquiera, pero para mí era muy interesante. La gente era interesante. Cada uno era diferente, de un color, tamaño y forma distinta, como nosotras. Pero lo que más me gustaba (y me sigue gustando) de las personas eran sus manos y sus ojos. Los ojos decían mucho de ellos, aunque no lo supieran. Yo podía percibir si estaban tristes, felices, preocupados o enamorados, solo con mirarlos. Además, los había de muchos colores. Colores preciosos y cambiantes. Las manos también me decían mucho de ellos. Su forma y su tamaño, su forma de moverse.

Desde mi posición en la pared podía ver a la gente que paseaba por la calle, a los que entraban y a los que no hacían ni una cosa ni la otra, sino que se quedaban mirando a través del cristal del escaparate. Algunos venían regularmente, otros solo pasaban, otros venían buscando alguna guitarra en especial. Yo llegué a quedarme con algunas caras. Por ejemplo, estaba el hombre alto de ojos azules y alegres, con pajarita, que venía cada tres días preguntando por una guitarra que parecía no llegar nunca. A veces se quedaba un rato y probaba alguna guitarra mientras charlaba con el viejecito. Sus manos eran grandes pero rápidas, y solía colocarlas en la cintura.

Luego estaba la joven del abrigo azul y ojos marrones claros, de las pocas mujeres que se pasaban por la tienda. Se quedaba un buen rato tocando alguna guitarra. Al principio no lo hacía muy bien, y yo veía al viejecito indicar el lugar correcto para sus dedos, finos y claros, pero a medida que pasaba el tiempo vi como tocaba cada vez mejor. Antes de irse, daba al hombre unas monedas; al parecer, él le enseñaba a tocar a cambio de dinero.

Y estaba el chico del escaparate. Él era especial, porque solo me miraba a mí. Nunca entraba en la tienda, sino que me observaba desde fuera, a través del cristal. Yo no estaba muy lejos de él, así que le observaba también. Sus ojos eran curiosos. Eran negros. Muy negros, como si todo fuera pupila. Negros y melancólicos, con un brillo especial que se activaba al mirarme, oscurecido por una sombra de tristeza. Pasaba dos veces al día, por la mañana y al atardecer, y se quedaba un rato. Solía mirarme, al parecer, deseándome. Yo quería que entrara. Quería verle de cerca, quería que me cogiese y me probase, que deslizara sus dedos (¿cómo eran? Aún no los había visto) por mi mástil. ¿Por qué no entraba? Tal vez no sabía tocar la guitarra ¿Por qué no tomaba clases, como la chica de las manos blancas? Tal vez no tenía dinero. O no tenía tiempo. Pero yo le quería. Quería que fuera mi dueño. No era justo; las personas siempre eligen a sus guitarras; ¿por qué no podría una guitarra por una vez escoger a su dueño? Aunque, además, él también me había elegido a mí, así que era perfecto.

El viejecito (que, como había descubierto, se llamaba señor McHenry) le miraba de vez en cuando, pero él no solía darse cuenta, aunque cuando lo hacía, bajaba la mirada y se iba.

Pasó el otoño. La gente iba más abrigada, con gorros y bufandas de colores, y guantes que les tapaban las manos. Era bonito verles pasar. Cuando alguien entraba, solía saludar con un “¡Qué frío hace!”, mientras se frotaba las manos. Algunas guitarras se fueron, y otras llegaron. Me di cuenta de que últimamente se iban muchas más que de costumbre. La chica del abrigo azul (al que había añadido una bufanda y unos guantes marrones) también se llevó una. Recuerdo su cara de felicidad y el abrazo que le dio al señor McHenry. También el hombre de los ojos azules consiguió la guitarra que quería y empezó a pasar menos por aquí. El único que parecía no conseguir lo que quería era el chico del escaparate, aunque seguía pasando todos los días. Llevaba una bufanda roja a juego con su nariz.

Y entonces, un día, entró.

Él me miraba como siempre, y el señor McHenry le miraba a él. Cuando se dio cuenta, hizo ademán de irse, pero el viejecito agitó la mano hacia sí, indicándole que entrase. Él se quedó sorprendido, y miró hacia los lados para comprobar si se refería a él. Después se señaló a sí mismo, con expresión interrogante, y el señor McHenry asintió sonriendo. El chico entró con paso inseguro, haciendo sonar las campanitas que avisaban de que alguien cruzaba la puerta.

-¡Hola! -saludó el señor McHenry.

El chico saludó con la mano y sonrió. Tenía una sonrisa muy bonita y triste, como él.

-Dime, ¿te gustan las guitarras? -el viejecito había salido de detrás del mostrador y apoyó su mano en el hombro del chico, que le sacaba dos cabezas y media, por lo menos- Son bonitas, ¿eh?

El chico asintió. Paseó su mirada por la tienda, admirando las guitarras hasta llegar a mí, donde se posó más tiempo. Yo también le observé. Era alto, o tal vez fuera mi impresión al verle junto al señor McHenry. Tenía el pelo negro y un poco largo y levantado, pero no como los tupés que llevaban los chicos, sino más bien despeinado. Era delgado y tenía la cara llena de pecas, y la nariz roja por el frío.

-¿Te gusta esa? -dijo el señor McHenry refiriéndose a mí. El chico asintió, sonriendo.

-Eres un chaval de pocas palabras, ¿eh?

Él se señaló la garganta y negó con el dedo.

-¿Cómo? -preguntó McHenry. El chico volvió a repetir el gesto. Hizo un intento de hablar, pero no emitió ningún sonido. Puso una cara muy triste, que apagó un poco la expresión siempre alegre de McHenry.

-¿No puedes hablar? -preguntó. El chico negó con la cabeza- Vaya… ¿Sabes escribir?

El chico asintió. McHenry se dirigió al mostrador y cogió un cuaderno y un lápiz. Se los dio.

-Ten. ¿Cómo te llamas?

Escribió algo y se lo enseñó.

-¿Brian Walter?

El chico asintió.

-Y dime, Brian, ¿sabes tocar la guitarra? -Brian escribió algo- Dice que sabes tocar algunos acordes y algún punteo -Brian asintió-. ¿Algún punteo de qué? -leyó lo que el chico había escrito- “Rock n’ roll, de lo que escucho en la radio”. ¡Rock n’ roll! -exclamó McHenry- Eso está muy bien. ¿Quieres probar la guitarra?

Brian escribió algo y se lo enseñó.

-No importa. Puedes probarla aunque no la vayas a comprar.

Brian movió la cabeza como queriendo decir “¿En serio?”, mientras sus ojos se iluminaban. McHenry asintió. El chico sonrió mucho y, si yo hubiera podido, también lo hubiera hecho. McHenry se me acercó y me descolgó de la pared. Era la primera vez que me bajaban, y estaba nerviosa y feliz. ¡Al fin alguien me iba a tocar! Y no alguien cualquiera, sino Brian. Antes de cogerme, el chico escribió algo y se lo enseñó feliz a McHenry.

-No hay de qué, chico.

Brian me cogió y noté sus manos frías en mi mástil. Se sentó en la silla que usaba la chica del abrigo azul, y acarició tembloroso mis cuerdas mientras McHenry me enchufaba a un amplificador. Sentía su pierna temblar debajo de mí de puro nerviosismo. Cuando McHenry acabó, le dio una púa. Él colocó los dedos en mis trastes. Eran largos, finos y rápidos. Entonces, empezó a tocar. Las primeras notas me sorprendieron. ¿Yo estaba produciendo aquel sonido? Paró un momento, pues se había trabado con el inicio de “Johnny Be Good”, pero enseguida continuó con un punteo claro y nítido. Yo no cabía en mí de felicidad. ¡Me estaban tocando por primera vez! Se balanceaba un poco, y movía el pie al ritmo de la música. Cuando acabó, miró a McHenry, que le miraba con los ojos como platos.

-Oye, eso ha estado muy bien. ¿Dónde has aprendido a tocar así?

Brian se encogió de hombros-

-Vamos, alguien te ha tenido que enseñar.

Brian hizo el gesto de escribir con la mano, y McHenry le dio la libreta y el lápiz.

-“Alguna vez vi como enseñaba a tocar a la chica morena, y me fijé en algunos acordes. Los punteos los saco de oído” -leyó en voz McHenry alta-. ¿Y eso es todo? ¿Nadie te ha dado clases? ¿Todo ha sido de oído y probando? -realmente parecía sorprendido. Brian asintió, y sonrió, enrojeciendo un poco- Es increíble…

Brian me cogió, se levantó y me dejó en manos de McHenry, que me desenchufó y me colocó en mi sitio.

-¿Sabes? Podrías llegar a ser un gran guitarrista. Pocos chavales tienen un talento natural como el tuyo. Y no te vendría mal una buena guitarra. ¿Seguro que no quieres comprar esta? -Brian escribió algo-. Sí, claro, lo entiendo. Bueno, tú intenta ahorrar y a ver si la puedes comprar antes de que alguien se la lleve.

Brian sonrió y asintió. Escribió algo, y se lo mostró al viejecito.

-Oh, bueno, tú háblalo en casa y a ver qué te dicen. Espero que te dejen, porque esta guitarra es perfecta para ti.

Supuse que solo eran técnicas de venta de McHenry, pero yo estaba de acuerdo con él. Brian asintió y se encaminó a la puerta para salir.

-Oye, espera – McHenry lo detuvo-. Me gustaría saber más sobre ti. ¿Por qué no escribes algo y mañana me lo enseñas? Si no te importa, vamos.

El chico asintió y sonrió.

-¡Bien! Pues hasta mañana, entonces.

Brian salió y se despidió con la mano. Fuera llovía y vi como fue hasta la esquina y cruzó a la otra calle, como hacía siempre. McHenry se me acercó y, mirándome, me dijo:

-Una buena guitarra, sí señor. Suenas de maravilla.

Era la primera vez que alguien se dirigía a mí directamente. La verdad es que había pasado muy buenos momentos junto a aquel agradable viejecito, y le echaría mucho de menos cuando me compraran… si es que lo hacían.

Me pasé el día siguiente esperando a que Brian entrase por la puerta. Era sábado, y al parecer, los sábados no había colegio, así que podría pasarse en cualquier momento. Por la mañana vino la chica del abrigo azul (Christine, se llamaba Christine) y McHenry le habló de Brian.

-Un chico fascinante -lo describió-. Deberías haberle visto tocar, Christine. No era la perfección personificada, pero para haber aprendido él solo (¡él solo!) y de oído, estaba muy bien.

-Vaya, pues me encantaría conocerle.

-Sí, te caería bien el chaval. Debe de ser de tu misma edad. Y es mudo, el chico.

-¿Mudo?

-Sí, no habla.

-¡Sé lo que significa, señor McHenry! -dijo, riendo- ¿Y vendrá hoy, dice?

-Sí, no sé cuándo. Pásate por la tarde si eso.

-Vale. ¡Hasta luego! -Christine se despidió y salió.

Volvió por la tarde, poco antes de que Brian llegara. Cuando lo hizo, McHenry los presentó.

-Brian, esta es Christine -él sonrió-. Christine, Brian.

Ella le dio la mano.

-¡Encantada de conocerte!

Brian sonrió aun más, enrojeciendo un poco. Se sacó unos papeles doblados del bolsillo y se los dio a McHenry.

-¡Gracias! -dijo sonriendo. Desdobló los papeles y echó un vistazo- ¡Oh, vaya! Aquí dice que no puedes quedarte, que te tienes que ir. ¿Tienes prisa?

El chico asintió.

-Bueno, entonces, ¡hasta otra!

-Vaya -Christine parecía un poco decepcionada con su corta visita-. ¡Hasta otro día! -se despidió, sonriendo. Brian le devolvió al sonrisa y se fue.

McHenry hizo ademán de guardarse los papeles en el bolsillo, pero Christine lo detuvo.

-¡Espera!

-¿Qué pasa?

-Yo también quiero saber cosas sobre él. ¿Podría leerlo en voz alta, por favor?

-Claro, ¿por qué no? Te ha gustado el chaval, eh -dijo McHenry, malicioso. Christine enrojeció.

-¡No!

-Vamos, yo también fui joven.

Se rió y le guiñó el ojo. Ella apartó la mirada.

-Bueno, venga, léala -pidió. Hasta yo fui capaz de percibir el cambio de tema repentino.

-Allá voy.

“Me llamo Brian Walter, y nací en 18 de febrero de 1943, aquí en Manchester.”

-Es un año menor que yo -interrumpió Christine.

-“Mi madre murió al darme a luz, y mi padre se negó a cuidar de mí, así que vivo con la hermana de mi madre, Jane, su marido Roger y sus dos hijos, David (un año mayor que yo) y Jacob (de ocho años).

La verdad es que no parezco caerles bien a ninguno de ellos.

En los quince años que llevo, ellos no han dado signos de quererme, ni siquiera en calidad de sobrino. Pero no me compadezco, podría haber sido peor. Podría haber acabado en un orfanato, aunque ahora tengo mis dudas de si habría sido peor o no. Da igual.

Mi tío trabaja como electricista, y no gana mucho, así que desde el año pasado dejé los estudios (no como mi primo Mike, no vaya a ser que “acabe siendo un pringado, como yo”) y trabajo en el bar de un amigo de mi tío.

Mi primo tiene una guitarra clásica, aunque nunca la usa. Así que intenté tocarla. Me fijé en lo que usted enseñaba a la chica del abrigo azul. Además, algunas noches me escapo de casa a algún club nocturno, y veo como tocan. Me encanta la música, aunque en casa no tenemos tocadiscos, solo una radio.

Respecto a lo de la guitarra, es posible que pueda comprarla. Tengo bastante dinero ahorrado. Bueno, tampoco es tanto, pero espero que me llegue, porque sé que mis tíos no me van a dar nada para comprarla. Vamos, seguro. Es más, es posible que, si la compro, aprovechen cualquier distracción mía para venderla.

Alguna vez he pensado en irme de casa. Quiero decir, nada me ata a este lugar y para estar pasándolo mal, prefiero irme. Tal vez compre la guitarra y me marche. Ya me ganaré la vida de algún modo. Podría ir a Liverpool. No lo sé.

Me gustaría formar un grupo. Juntarme con gente y tocar, ganar dinero haciendo algo que me gusta. Pero no se puede usted imaginar lo difícil que puede llegar a ser relacionarse sin poder hablar. Es horrible. La gente me considera una pérdida de tiempo. Creen que como no puedo expresar mis sentimientos y opiniones significa que no los tengo. Pero sí que los tengo. Mike y el tío Roger me insultan, y no puedo defenderme. La tía Jane me grita por cosas que no he hecho, pero no puedo explicarle nada. La gente me ignora, porque para ellos no estoy. Y es una mierda, con perdón.”

La expresión de Christine era muy triste, y vi como temblaban ligeramente las manos del señor McHenry. Siguió leyendo.

-“Así que me iré a algún sitio donde pueda tocar la guitarra, huir de un mundo donde las palabras son lo más importante y acercarme a otro donde la música sea el lenguaje. Espero encontrarlo.

Gracias por haberme dejado tocar la guitarra, señor. Volveré mañana con el dinero, la compraré y me iré de Manchester para siempre.”

McHenry se quedó un rato con la mirada perdida en el papel, mientras Christine le miraba. Él levantó la mirada y la miró a los ojos. Christine bajó la cabeza y se dirigió a la puerta.

-Hasta mañana, señor McHenry -dijo con voz apagada. Apoyó la mano en el pomo de la puerta, pero el viejecito la llamó.

-Christine -ella le miró-. Es un buen chico. Y llegará a ser una leyenda. No le dejes escapar.

Ella sonrió y se fue.

McHenry se acercó a mí y me miró un rato. Luego fue a la parte de atrás de la tienda, al almacén, y volvió con una funda a mi medida. Me cogió y me metió dentro, diciendo:

-Me da igual si Brian tiene o no dinero para comprarte. Mañana vas a ser suya.

Yo me fijé en esos alegres ojillos pardos que me miraron por primera vez, y comprendí que iba a ser la última vez que vería al señor McHenry. Quería darle las gracias por todo y decirle adiós, pero no podía, las guitarras no hablan. Yo comprendía a Brian.

Al día siguiente llegó Brian. Lo supe por el saludo del señor McHenry, porque yo estaba dentro de la funda. Al parecer, el chico no había traído ni la mitad del dinero necesario para comprarme, pero McHenry dijo:

-¿Sabes? No importa que no puedas pagarla. ¡No, no! Te la doy gratis. Acéptala como un regalo. Sí, en serio Un paso más para llegar a la fama porque tú, chico, serás grande.

Noté cómo alguien me levantaba. También noté cómo Brian me llevaba fuera de la tienda, cómo me llevaba al mundo exterior. Un mundo de posibilidades para un chaval mudo y su nueva guitarra.

FIN

 

 

(cuatro meses después de poner “FIN”)

(En realidad, ese fue un final improvisado, porque la presenté a un concurso y tenía que acabarla (gané, por cierto xD). Pero tengo más cosas pensadas, así que puede considerarse el fin de la primera parte, o de un “Capítulo 1”, más bien. Aviso de que mi idea de cómo funcionaban los años 50  en Inglaterra es muy… pues que no tengo mucha idea. Si véis algún fallo, con el tema del dinero sobre todo, avisad, porfa xD)

CAPÍTULO 2

Salí de la tienda con el peso de mi nueva guitarra dentro de su funda, colgando de mi hombro, y el de dinero en mi bolsillo. También llevaba una bolsa con otra camisa, un jersey, algo de ropa interior y una libreta y un lápiz.  Me alegré mucho de que el señor McHenry me hubiera regalado la guitarra, pues solo tenía ese dinero. Tres libras y siete chelines que me habían costado mucho tiempo conseguir. Pensé qué hubiera pasado si hubiera tenido que comprar la guitarra… No lo sé. Me alejé de la tienda, aunque no sabía a donde iba. Pensé en qué hacer, y no se me ocurrió nada. Empecé a creer que la idea de irme de casa había sido una locura. Empecé a pensar que no tenía nada que hacer con tres libras y una guitarra. Entonces me toqué el hombro derecho con la mano izquierda y noté el dolor que me producía el moratón que me había hecho David anoche. Como siempre. Recordé los malos ratos que me había hecho pasar esa familia, que no se podían compensar con ninguno bueno. Y pensé en lo que había más allá de Manchester, al oeste, en la costa. Una ciudad con más posibilidades para la música. También podía quedarme en Manchester, en lo que a ese campo se refiere, pero no podía arriesgarme. Además siempre había querido ir al famoso Liverpool.

Así que me dirigí a la London Road Station, un edificio rectangular de ladrillo rojizo, con muchas ventanas y un reloj en lo alto. Fui sacando la libreta y el lápiz de la bolsa. En las taquillas una mujer mayor me miró interrogante.

-¿Sí?

Escribí lo que quería: el billete más barato a Liverpool. Se lo enseñé a la señora, que me miró un poco extrañada. Ya estaba acostumbrado a que la gente me mirara raro cuando en vez de una respuesta hablada se encontraban con una respuesta escrita en un papel.

-Vale… El más barato cuesta dos y siete. Sale a las once y media. ¿Lo quieres?

Dos chelines y siete peniques estaba bien. “Sí, por favor”, escribí. Le entregué el dinero y ella me dio el billete.

-Aquí tienes.

CONTINUARÁ… (cuando me venga la inspiración)

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