Caminante, no hay camino

Este relato lo escribí y con él me presenté a la Ruta BBVA (o Ruta Quetzal). No me cogieron, aunque acabé, en conjunto con el otro trabajo que pedían (un aburrido y técnico “proyecto social”), con un maldito 8.4 con 8.9 como nota de corte (como podréis imaginar, me cagué en todo). Lo peor es que depués de entregarlo descubrí unos cuantos muchos fallos tal vez causados porque lo acabé el día de antes del plazo de entrega a las 3 de la mañana y no era consciente de nada. Pero bueno. Dejando de lado eso. Uno de los temas era “un personaje emblématico español del siglo XX”, o algo así. Y, pensando que no me apetecía escribir sobre ningún político aburrido, pensé en algún escritor. Y al final me decidí por un maravilloso poeta de la llamada Generación del 98, el gran Antonio Machado. Asi pues, esta historia no habla de Antonio Machado como un personaje de la misma, sino que habla de, en fin, si la leéis lo veréis xD Me he vuelto un poco friki de Machado tras esto.
Espero que disfrutéis leyendo tanto como yo disfruté escribiendo, y que aprendáis de Machado un poquito :3 (Perdón por el tochaco introductorio)

 

CAMINANTE, NO HAY CAMINO

“Nunca perseguí la gloria ni dejar en la memoria de los hombres mi canción”.

Él tampoco persigue la gloria. Pero sí la memoria que dejó su canción en los hombres. No sabe en qué momento empezó a sentir aquello por él. Esa admiración, esa idolatría, esa obsesión. Tal vez todo comenzó cuando él se convirtió en su única compañía, su único amigo. Fue hace tanto que no recuerda el año, ni el día. Libros robados de una biblioteca, de una misma sección, de un mismo autor. Crecieron con él y con él siguen. Hubo otros, claro, pero ninguno como esos libros, que le hicieron ser quien es. ¿Y quién hubiera sido si no? Otra persona más.

Viene de Madrid. Allí decide convertirse en un viajero [su viajero]. Y en un futuro, con las sienes plateadas y un mechón gris sobre la frente, quiere que ellos divaguen mientras, en silencio, él reprime una lágrima, en una sala familiar. Quiere, guiado por sus pasos, ver hojas otoñales de otras tierras. Quiere tener una razón para no lamentar su infancia perdida, pues quiere poder decir que vivió una blanca juventud. Que la vivirá a partir de ahora. Desea vida en nuevos años. Y decide perseguir su gloria y su memoria.

No le resulta muy difícil comenzar. Gracias a Dios (¿qué es un dios sino alguien creado para estar ahí cuando no se sabe explicar algo, cuándo se necesita no sentirse solo, o cuando se necesita esperanza?), ha heredado una pequeña fortuna de quien no cuidó sentimentalmente de él cuando tuvo que hacerlo y que ahora, habiéndose ido de la mano de la Muerte, lo deja físicamente huérfano y mentalmente aliviado. La acepta de mala gana por ser quien es el fallecido, pero a la vez con cierta alegría, pues esa pequeña fortuna significa ahora, junto con su mayoría de edad, su libertad. Con los bolsillos llenos (unos bolsillos pequeños), pone inicio a su nuevo camino, dispuesto a encontrarse y a encontrarlo.

Pone rumbo a Sevilla. Se trata de un camino figurado, un viaje, más que nada. Pues el camino, caminante, son tus huellas. Eso había aprendido hacía ya mucho tiempo. Fue una de las primeras grandes lecciones de su vida. El camino no está hecho. Lo construye uno con sus pasos y sus acciones y, por ello, él nunca creyó en el destino. Al menos, no en un destino tejido y literal. Sí que creyó y cree en un destino aún por tejer, cambiante a cada paso.

Administró bien su dinero antes de salir. No sabía ni sabe cuánto tiempo pasará hasta llegar a su destino, pero no quiere que se le acabe antes de tiempo. Por ello, intenta usar lo mínimo.

Un autobús hasta Toledo. Llega hacia la hora de comer, pero él se la salta. Aún no tiene mucha hambre y, de todos modos, él no suele comer mucho. Uno tiene que acostumbrarse. Se dirige al centro, al casco histórico, donde las calles son más estrechas y las casas de piedra. Después de reservar una habitación en una pensión barata, sale a la calle y se sienta en un banco en la Plaza de Zocodover. Podría perfectamente haber cogido otro autobús hasta Ciudad Real, o uno directo a Sevilla. Pero no tiene prisa.

Observa la tarde y piensa en ella. No es una tarde de verano, pues ya es otoño. Es una tarde clara y no hay nubes en el cielo. Sin embargo, es triste y soñolienta; el aire se mueve lentamente y no hay mucha gente. Las hojas se arremolinan despacio en algunos puntos de la plaza, como si fueran niños jugando. El viento, perezoso, no le pregunta nada; parece que no quiere saber si su murmullo le recuerda a un sueño lejano. Finalmente, su monotonía le acaba cansando y hace ademán de marcharse, cuando un hombre se sienta a su lado. Hay bancos vacíos, pero ha decidido sentarse junto a él. ¿Por qué?, se pregunta. Sigue observando las hojas, que parece que le hablan al viento. “Yo escucho los cantos…”, murmura el chico. Para su sorpresa, el hombre continúa: “…de viejas cadencias, que los niños cantan cuando en coro juegan”. Sorprendido, se gira hacia él y prosigue el poema: “Y vierten en coro sus almas que sueñan, cual vierten sus aguas las fuentes de piedra”. El hombre sonríe: “Curioso que un chico tan joven como tú conozca a Antonio Machado”. No responde. Solo le mira; no se le da bien hablar con la gente. “¿Viajas solo?”. ¿Cómo sabe el hombre que está viajando?, piensa. A lo mejor él también es un viajero de un camino sin hacer y reconoce a un hermano en las palabras de Machado.“Sí”, responde el chico. Es un hombre agradable. En realidad no es muy mayor. “¿De dónde vienes?”, prosigue con su interrogatorio. “De Madrid”. El hombre sonríe y le mira a los ojos, para después desviar la mirada al infinito y añadir como para el viento: “Yo nunca estuve en Madrid. Pero me gustaría ir alguna vez”. “En Madrid Antonio publicó Soledades. Estuvo viviendo allí”, añade el chico. El hombre vuelve a mirarle y sonríe. “¿Y hacia donde te diriges, viajero, si no es indiscreción?”. El chico no responde, mira las hojas que bailan. “Tampoco hace falta que contestes; sé muy bien que a veces uno no sabe dónde va. Yo mismo rondo aquí y allá, dejándome llevar por el viento, o por lo que quiera que en ese momento esté dispuesto a permitirme que me deje llevar por él”. El chico le mira y deja asomar un atisbo de sonrisa antes de responder: “Supongo que yo estoy haciendo algo parecido. Por ahora quiero ir a Sevilla…”. “¡Ah, Sevilla…!”, le interrumpe el hombre, “La cuna de Machado. Su infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero”. El chico sonríe como hacía tiempo que no hacía.

***

Me siento genial. No me sentía así desde quién sabe cuándo. Ni siquiera sé si me he sentido tan bien alguna vez. ¿Quién es este tipo y dónde ha estado toda mi vida? Nunca había conocido a alguien con mi misma pasión. Alguien con quien poder compartir todo lo que sé y me gusta. En realidad nunca he tenido un amigo, y me gustaría que este hombre tan genial lo fuera. Tampoco es mucho mayor que yo. “¿Le gustaría ser mi amigo?”. Lo pregunto sin pensar, ni siquiera sé si esto funciona así. Ningún niño se me acercó nunca en el parque a preguntármelo. Y, después, los chicos de mi edad ni me miraban, si no era con extrañeza. El hombre se gira hacia mí, pues ha estado mirando bailar las hojas mientras yo pensaba. A veces me quedo demasiado tiempo pensando. Entonces sonríe: “¿Por qué no? Ya que no viajas con nadie, si no te importa, podemos recorrer juntos este camino, compañeros codo a codo. Nunca viene mal una buena compañía”. No me lo puedo creer. Normalmente nadie me hace caso. Y este hombre no solo se ha sentado en el mismo banco que yo, sino que me ha hablado, ha accedido a ser mi amigo y me ha ofrecido ser su compañero de viaje. ¿Existe algún nombre para esta sensación de satisfacción?

 ***

Sale de su ensimismamiento y responde: “Me encantaría. Y perdóneme si a veces tardo en responder o me quedo ausente”. El hombre sonríe. “Amigo, pensar es bueno, y no hay nada que perdonar en ello, excepto si se tratan de malos pensamientos involuntarios, ya que si son voluntarios no creo que pidieras su perdón, excepto…” Se interrumpe y suelta una agradable carcajada. “Supongo que serías tú en todo caso quien debería perdonarme a mí por hablar tanto, cuando me embalo no hay quien me pare. Aunque sé cuándo debo hablar y cuándo callar, y no aguanto a la gente que no lo sabe”.

Siguen charlando, toda la tarde, hasta que se pone el sol. Y, entonces, continúan hablando. Más bien es el hombre quien habla, mientras el chico escucha, interviniendo cuando cree conveniente añadir algo y callando cuando cree que lo conveniente es añadir un silencio.

Llegados a cierto punto, el hambre y el cansancio puede con los dos y cada uno marcha por su lado. Deciden quedar al amanecer de la mañana siguiente en el mismo banco.

El chico llega a la pensión y, tras pelearse con la dirigente (más bien suplicarle) para que le dé de cenar a pesar de haberse pasado media hora del horario de cenas, come algo, y sube a su habitación. Esta es pequeña y de acogedora simplicidad, con una cama cubierta de unas cuatro capas de mantas, una mesilla con lámpara y sin baño, que se encuentra en medio del pasillo. Después de ponerse el pijama (una camiseta demasiado grande para él) se mete en la cama pero, antes de dormir, como lleva haciendo desde siempre, coge un libro de su mochila. La suerte quiere que sea Nuevas Canciones, la edición de 1971. Y, como lleva haciendo desde siempre, cierra los ojos y abre el libro por una página al azar y lee en un susurro lo que en ella encuentra:

 Se abrió la puerta que tiene

goznes en mi corazón,

y otra vez la galería

de mi historia apareció.

Otra vez la plazoleta

de las acacias en flor,

y otra vez la fuente clara

cuenta un romance de amor.

 Parece hecho para él. Aunque eso piensa muchas veces. Bien es verdad que aquellas cosas que Antonio vivía otra vez al abrir la puerta de su corazón, el chico las vivía o querría vivir por primera vez.

Finalmente, extrañamente agotado, deja el libro en la mesilla y deja que su alma pida a Morfeo que entre.

Por la mañana, tras recoger sus cosas y desayunar, se dirige al banco en el que había quedado con su amigo. Las calles están prácticamente desiertas, salvo por algunas personas que van en coche a trabajar. El cielo también está desierto, salvo por una nube horizontal y brillante tras la que asoman los primeros rayos de sol, tiñéndola de amarillo. Sentado en el banco, de espaldas a él, está el hombre, con una mochila al lado y la mirada fija en algo. El chico se propone averiguar qué mira y por qué antes de saludarle. No le cuesta mucho percatarse de que sus ojos, como los de un zorro vigilante, siguen a dos golondrinas que se cruzan, tendidas las alas agudas al viento dorado, y se alejan volando, soñando… Sin embargo hay una que torna como la saeta, las alas agudas tendidas al aire sombrío, buscando su negro rincón del tejado. Esta sigue el hombre con la mirada, sin percatarse de que le sobrevuela una blanca cigüeña, hacia la que dirige su mirada el chico. Dormita volando, como un garabato, tranquila y disforme.

El chico se sienta en el banco y el hombre le mira sonriente. “Hay momentos que parecen sacados de poemas. Como si esto ya hubiera pasado antes, y alguien lo hubiera escrito”, comenta. El chico asiente y le presenta su propuesta: “¿Le parecería bien coger un tren a Sevilla? Al principio no me importaba ir más lento, pero, no le voy a mentir, tengo muchas ganas de llegar, y creo que saldrá más barato coger un tren directo que varios”. “¡Ah, el dinero! ¿Qué problema, verdad? Cuando era más pequeño solía preguntarme cómo sería el mundo sin dinero. La gente me decía que, por supuesto, sería un caos. Pero yo pensaba y sigo pensando que vivimos atados a él. Bien es cierto que, nos guste o no, no nos queda otra. Sí, yo tengo dinero. Sin embargo, no me gusta usarlo; y no por avaricia, o por no querer perderlo, no, sino porque no veo necesario el tener que usarlo. Aun así, acepto su propuesta, amigo. Yo también quiero ir a Sevilla”.

Así que, mochila a la espalda, bajan a la Ronda Juanelo y cruzan el Tajo para llegar por el Paseo Rosa hasta la estación de trenes. No hay tren directo a Sevilla, así que, para disgusto del chico que venía de ahí, tienen que hacer escala en Madrid, en la estación de Atocha. Entonces su amigo propone pasar el día en Madrid, y el chico accede, pues aunque lo conoce perfectamente, sabe que el hombre no, y le haría ilusión. “Creo que sé dónde llevarte”. Y caminan juntos por las calles de Madrid.

 

El hombre está extrañamente callado, observando todo a su paso. El chico le guía por una ruta que él ya ha recorrido más de una vez. Suben por el Paseo del Prado. “Una de las casas donde vivió Machado está en Alcalá, pero está un poco lejos, ¿quieres que vayamos? Las demás están por aquí cerca”. “Bueno, vamos a las que están por aquí. ¿Sabes dónde está cada una?”. “Sí, he hecho este recorrido varias veces”. El hombre ríe. “¡Vaya, y yo que pensaba que era un friki! ¡Lo tuyo es insuperable!”. El chico sonríe. Gira en Alcalá y luego en Claudio Coello hasta el número 13. “Esta es una”. El hombre sigue observándolo todo, intentando impregnarse de la esencia de Machado en Madrid. Bajan por Serrano y giran en la calle Recoletos hasta el paseo. Calle Almirante, y hasta el número 3. Otro sitio donde vivió Antonio.

Continúan hasta la calle Libertad y en Augusto Figueroa el chico se detiene ante una tienda de vinos de fachada de madera roja. “La llamaban El Comunista. Aquí se reunían a comer y charlar los de izquierdas: militares, actores, vecinos del barrio y escritores, incluidos Machado, Azorín y Alberti”. Su amigo se acerca a la puerta: “¡Así que por estas puertas entraban y tras ellas comían y hablaban! Pues no me importaría hacerlo también y tomar algo. ¡Yo invito!”. Entran dentro y se sientan en la barra. “Una caña”, pide el hombre. “Una CocaCola, por favor”, pide el chico. “¿No bebes?”. “No”. “Mejor para ti, la cerveza está asquerosa”, contesta y suelta una carcajada. “¿Y por qué la bebes?”. “Que esté asquerosa no significa que no me guste. La empiezas tomando por los amigos, como algo social, y al final te vuelves adicto”. Hace unas comillas con los dedos en la última palabra. “A mi me gusta la CocaCola”. Beben en silencio.

El chico se fija en que el hombre presenta un anillo en la mano derecha. “¿Estás casado? Si no te importa que te lo pregunte”. El hombre deja de beber, deja la jarra en la mesa y baja la mirada. “Lo estuve”, contesta. En su mirada desaparece el brillo que había habido hasta entonces y el chico se percata de ello. “Lo… Lo siento. No tienes por qué hablar si no…”. El hombre lo interrumpe. “Nos casamos muy pronto. La conocí en el hospital el día que la diagnosticaron cáncer de mama. La encontré destrozada y me puse a hablar con ella. Seguimos hablando y a conocernos mejor. Yo evitaba el tema de su enfermedad. Empezamos a quedar y poco a poco a gustarnos. Ella siempre tenía presente su problema, siempre tenía una sombra de tristeza en la cara, pero lo llevaba bastante bien para tratarse de lo que se trataba. Yo la ayudaba en lo que podía, la apoyaba con los tratamientos y con todo. Un día le pedí matrimonio y ella accedió. Sin embargo…” Se interrumpe. Mira al techo y cierra los ojos. El chico le mira con expresión de tristeza. El hombre abre los ojos y continúa: “Sin embargo no duramos mucho, pues ella murió y todo se acabó. Lo más curioso es que me abandonó el 1 de agosto, ¿sabes? El mismo día que Leonor abandonó a Machado…” Cierra los ojos y comienza a recitar:

Una noche de verano

—estaba abierto el balcón

y la puerta de mi casa—

la muerte en mi casa entró.

Se fue acercando a su lecho

—ni siquiera me miró—,

con unos dedos muy finos,

algo muy tenue rompió.

Silenciosa y sin mirarme,

la muerte otra vez pasó

delante de mí. ¿Qué has hecho?

La muerte no respondió.

Mi niña quedó tranquila,

dolido mi corazón,

¡Ay, lo que la muerte ha roto

era un hilo entre los dos!

Un momento de silencio. Solo se oyen los murmullos de la gente del restaurante y el sonido de copas siendo colocadas en los estantes. Entonces el hombre esboza una sonrisa triste y pierde la mirada en su jarra de cerveza. “Pero, bueno… Ya está superado”. Levanta la cabeza. El chico piensa que no cree que lo haya superado, pues eso es algo que no se puede superar, aunque sí admitir. Piensa en voz alta: “Una vez ha ocurrido ya no puedes hacer nada. Pero los buenos recuerdos siempre perdurarán”. El hombre le mira y le dedica una sonrisa sincera. “Sí, tienes razón”, responde. Terminan sus bebidas en silencio y el hombre paga la cuenta.

Continúan su ruta. El chico se da cuenta de que sus ojos aún no brillan como antes, pero poco a poco se van iluminando, sobre todo delante de las numerosas casas donde vivió Antonio: C/ Apocada, número 5; C/ Corredera, número 20, casa de su madre en la que vivió con Leonor una temporada; C/ Santa Engracia, número 52; C/ Fuencarral, números 98 y 148; y, por último, la calle General Arrando, número 4, la única con una placa recordatoria en su honor. También le conduce a la calle General Martínez Campos, número 14: “Aquí se encontraba la Institución Libre de Enseñanza donde se educó Machado”. Después, bajan por la calle Eloy Gonzalo hasta la calle de San Bernardo donde, explica el chico, estaba la sede de la Universidad Central de Madrid, donde estudió Machado.

“Bueno…”, el chico se detiene y sonríe. “Esto era todo lo que tenía que enseñarte. Sí, supongo que es bastante friki…” El hombre suelta una carcajada y añade: “Sí, lo es. Pero, ¿no te hace… como ilusión saber que por estas calles paseaba Machado y que en esos edificios estuvo viviendo? Bueno, a lo mejor muchos ya no están como antes, pero el espacio sigue siendo el mismo. Quiero decir, aquí, en este sitio, estuvo él”. El chico asiente: “Sí, justo es eso lo que hace que venga a estos sitios. Me alegro de que te haya gustado”. El hombre le agradece haberle guiado y propone volver a la estación.

Pasan las cinco de la tarde cuando llegan y descubren que el último tren a Sevilla del día salió hace quince minutos. “¡No pasa nada!”, exclama el hombre, “Cogeremos el de mañana”. El chico mira las llegadas y salidas en un cartel sobre el mostrador y lo señala: “O podemos coger el tren a Soria que sale en diez minutos”. Deciden coger ese tren y, rápidamente, compran los billetes y corren al andén para llegar justo a tiempo. Dentro del tren, en cuanto arranca, el hombre se despide de Madrid con un poema:

 ¡Madrid, Madrid! ¡Qué bien tu nombre suena,

rompeolas de todas las Españas!

La tierra se desgarra, el cielo truena,

tú sonríes con plomo en las entrañas.

 ***

Montar en tren es muy divertido, la verdad es que me encanta. No hay mucha gente, y los pocos que hay duermen, de modo que lo lógico sería que hubiera mucho silencio, pero no, pues mi compañero de viaje comenta todo lo que le parece interesante, y parece ser que hasta los asientos lo son. Sin embargo, su manera de comentar es especial. A veces comienza hablando de una anécdota personal, luego pasa a otra histórica, luego comienza a hablar con tecnicismos y acaba desvariando y hablando de bicicletas desde un punto de vista poético.

 Vamos en el vagón de tercera, ligeros de equipaje, miramos los árboles pasar, sin dormir, y vamos bien. “¡Éste placer de alejarse!”, suspiro. “Madrid tan lindo… para marcharse”, sigue él. Aunque no me parece que luego la llegada sea molesta. Luego, el tren, al caminar, siempre nos hace soñar. El tren camina y camina, y la máquina resuella, y tose con tos ferina. “¡Vamos en una centella!”.

 ***

Llegan a la estación de Renfe de Soria hacia las siete y media de la tarde. “Esta vez me va a tocar a mí ser tu guía, amigo. Esta ciudad la conozco bien. Aquí estuve viviendo y, al igual que tú en Madrid, tengo mi ruta friki”. Suelta una risa alegre y comienza a andar. Caminan por la carretera de Madrid durante unos veinte minutos. Continúan por la calle Almazán y la avenida de Mariano Vicén. Alfonso VIII y avenida de Navarra. Por el camino el hombre comenta su vida en la ciudad. Al parecer, vivió allí hasta los 17 años. Entonces ya se había aficionado a la poesía, le cuenta al chico, y sobre todo a Machado. “Como escribió Machado en 1918, ya lejos de Soria, en una carta a su amigo Pedro Chico: Si la felicidad es algo posible y real —lo que a veces pienso— yo la identifico mentalmente con los años de mi vida en Soria y con el amor de mi mujer… ¿Tú siempre has vivido en Madrid?”, le pregunta. “Sí”, responde el chico. “Creo que mis padres vivieron en otra casa antes de la que yo conocí, pero… pero al morir mi madre, mi padre y yo nos mudamos a otra más pequeña”. El chico mira al frente. El hombre le mira. “Vaya, lo siento”. “No pasa nada”, dice rápidamente, “Era muy pequeño y recuerdo muy poco de ella. Está bien”.

Llegan a la calle el Collado y, por fin, a la esquina con la calle Instituto. En esta calle se aprecia el espíritu de Soria, con el encanto de las pequeñas capitales de provincia. “Aquí”, indica el hombre, “vivió Machado durante tres meses, en 1907”. Suben hasta el número 12. “Y aquí está el instituto en el que impartió clase durante 5 años”. El chico se pregunta cómo habría sido el tener a Antonio como profesor. Y todo un coro infantil va cantando la lección: «mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón». Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de la lluvia en los cristales… Sin embargo, al ser día no lectivo, no pueden entrar a visitar las aulas de Machado. Suben a la Plaza del Vergel, con el busto y la plaza homenaje. Los dos pasean por la plaza, cada uno pensando en sus cosas. Bajan por la calle Estudios hasta el número 7. “Aquí vivió con Leonor”, explica el hombre. Caminan un rato hasta la calle Collado. “Mira, este es el Casino Círculo Amistad Numancia. Aquí venía Machado a leer, tomar café o participar en alguna tertulia literaria. Hay incluso una sala dedicada a él. Es esta”. Conduce el chico a un ventanal. A través de él se ve el interior del edificio, elegante, iluminado y de techo alto. “Se inspiró aquí para algunos poemas, como Del pasado efímero:

 Este hombre del casino provinciano

que vio a Carancha recibir un día,

tiene mustia la tez, el pelo cano,

ojos velados por melancolía;

bajo el bigote gris, labios de hastío,

y una triste expresión, que no es tristeza,

sino algo más y menos: el vacío

del mundo en la oquedad de su cabeza.

 Aún luce de corinto terciopelo

chaqueta y pantalón abotinado,

y un cordobés color de caramelo,

pulido y torneado.

Tres veces heredó; tres ha perdido

al monte su caudal; dos ha enviudado.

 Sólo se anima ante el azar prohibido,

sobre el verde tapete reclinado,

o al evocar la tarde de un torero,

la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta

la hazaña de un gallardo bandolero,

o la proeza de un matón, sangrienta”.

 No lo recita entero. Suspira y sonríe. “Bueno, ahora te voy a enseñar algo que creo que te gustará”. Andan hasta la plaza de la Iglesia de Nuestra Señora del Espino. Enfrente de la iglesia, rodeado de una hermosa valla, se encuentra un gran olmo seco. El chico lo reconoce en cuanto lo ve y, con los ojos muy abiertos, se dirige a la placa junto al árbol. Cierra los ojos y recita en voz alta: “Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido. Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera”. Admira el árbol pensando que Antonio también lo miró, primero con esperanza y, después, con tristeza, evocando a su Leonor… Lo mismo piensa el hombre, y a ese pensamiento suma el recuerdo de su mujer. El chico observa tres pequeñas margaritas que crecen solitarias en el suelo junto al olmo. Recoge una. Unos metros más allá, en el cementerio, visitan la tumba de doña Leonor Izquierdo de Machado, 1 de agosto de 1912, en la que el chico deposita la margarita.

Caminan hasta la concatedral de San Pedro y llegan al paseo del Mirón. Se trata de un camino que transcurre por una explanada, rodeado de árboles. “Aquí debes imaginar a Machado empujando con tristeza la silla de ruedas de Leonor, pálida y con rasgos visibles de su enfermedad… En algún sitio, a la derecha, alquiló una pequeña casa”. Caminan mirando a lo lejos plomizos cerros y manchas de raídos encinares con sus corazones vagando, en sueños… Pueden oír su voz: “¿No ves, Leonor, los álamos del río con sus ramajes yertos? Mira el Moncayo azul y blanco; dame tu mano y paseemos”. Por estos campos de su tierra, bordados de olivares polvorientos, en realidad iría caminando solo, triste, cansado, pensativo y viejo. Recita el hombre:

 “Camino de mirar. Mirón. Miradas

de antiguo amor a la ciudad dormida

que tiene sus blancuras, confiada

del viento a las caricias…”

 Llegan a la Iglesia de Nuestra Señora del Mirón, que se yergue solitaria. Después de depositar a Leonor en un muro para que tome el sol, aprovecha el poeta y se aleja detrás de la ermita para llorar en silencio.

Por un caminito llegan al mirador de los Cuatro Vientos, donde les esperan las siluetas de Antonio y Leonor que observan con ellos el atardecer dorado y rosa. Parece que las nubes arden a lo lejos y se consumen poco a poco tornándose grises.

Regresan al centro de la ciudad. El hombre dirige al chico hasta un viejo edificio en un callejón. Se para ante un portal y busca algo en su mochila. Saca unas llaves y abre la puerta. “¿Vives aquí?”, pregunta el chico sorprendido. El hombre ríe. “Sí, vivo aquí. Esta es mi casa, aunque paso poco por ella. Hacía unos dos meses que no pasaba por aquí. Pero creo que sería buena idea cenar y dormir aquí, y emprender nuestro viaje a Sevilla por la mañana. Vamos, si te parece bien”. El chico asiente. “Sí, sí. Claro”. Suben por unas estrechas y oscuras escaleras hasta el tercer piso. El hombre abre la puerta y hace un gesto con la mano al chico para que entre. La casa es pequeña y simple. Prácticamente no hay nada. Casi no hay muebles, y nada en las paredes. “Como ves, no hay mucho, pero es que rara vez paso por aquí… Siéntate si quieres”. El chico se quita la mochila y la deja sobre una mesa, para luego sentarse en una silla coja.

***

Es extraño verle moverse por su casa, rebuscar en los armarios y hacer cosas tan corrientes. Me resulta raro verle tan… común y normal. Es como si su lado fantasioso y poético se hubiera transformado. Busca algo en los armarios de la cocina. “¿Puedo ayudarte a buscar?”, pregunto, pero al parecer ya lo ha encontrado. “¡Ajá!”, exclama, y saca del armario varios botes de sopa enlatada. “Sabía que tenía algo de comida por aquí. Bueno, chico, lo siento si te parece demasiado cutre, pero cuando uno no sabe cuándo va a volver a su casa esta es la mejor opción”. Tiene gracia. Una de las bases de mi alimentación ha sido la sopa de bote. Sonrío. “Está bien. Me gusta la sopa”. Nos ponemos juntos a trabajar. No hay mucho que hacer, pero lleno de sopa la olla que él saca de una alacena, y la pongo a calentar mientras él saca vasos y cubiertos. Ponemos la mesa y empezamos a cenar. La verdad es que tengo bastante hambre y me termino el plato en un momento. “Vaya, tenías hambre, eh. Ponte más, si quieres”, me dice sonriendo. Me levanto y lleno mi plato otra vez. Mientras como el hombre me observa. Preveo uno de sus extraños comentarios. “¿Sabes?”, comienza. Creo que he acertado con la predicción. “Con ese pelo me recuerdas a un miembro de un grupo de rock de finales de los sesenta. A veces tengo la sensación de que en cualquier momento vas a sacar un bajo eléctrico y vas a ponerte a tocar misteriosamente a lo John Paul Jones”. Me empiezo a reír. No sé por qué, pero ese comentario me ha hecho mucha gracia. Me lo tomaré como un cumplido. Después de una interesante conversación sobre Led Zeppelin que acaba en una discusión acerca de las tortugas marinas, nos vamos a dormir. Me prepara una cama con un montón de mantas, y él se va a dormir al sofá. Le doy las gracias. Es bastante tarde y estoy muy cansado. Cojo un libro, casualmente Campos de Castilla, y leo en voz baja:

 Son de abril las aguas mil.

Sopla el viento achubascado,

y entre nublado y nublado

hay trozos de cielo añil.

Agua y sol…

 Se me cierran los ojos. Dejo el libro medio dormido y para mi sorpresa comienza a llover.

 ***

Tras levantarse tarde y comprar unos bocadillos en un bar cercano, cogen un autobús a Madrid y, en Atocha, un tren a Sevilla. El viaje se hace largo y, en ocasiones, aburrido. Se dedican a leer, hablar y dormir, y el hombre a veces a pasearse por el tren y volver al asiento con comentarios sobre la gente del siguiente vagón. Observan el paisaje cambiar: los campos verdes de Castilla y León, las montañas del Sistema Central, la ciudad de Madrid, las amplias llanuras de Castilla-La Mancha, pequeños pueblos dispersos… Y por fin, Andalucía. En los campos de Jaén atardece. Corre el tren por los brillantes rieles, devorando matorrales, alcaceles, terraplenes, pedregales, olivares, caseríos, praderas y cardizales, montes y valles sombríos. La luz en el techo brilla de su vagón de tercera. Resonante, jadeante, marcha el tren. El campo vuela. Y recuerdan otro viaje hacia las tierras del Duero. Otro viaje de ayer por la tierra castellana. “¡Y alegría de un viajar en compañía!”, exclama el hombre. “¡Y la unión que ha roto la muerte un día!”, contesta el chico. Tren: camina, silba, humea, acarrea tu ejército de vagones, ajetrea maletas y corazones.

Llegan a la estación de Santa Justa con la luna brillando en el firmamento. Sin embargo, ninguno de los dos tiene sueño, pues hace un rato se echaron una buena siesta. ¿Y la belleza de visitar el lado nocturno de una ciudad? Ya es tarde y ninguno piensa en que ya no encontrarán ninguna habitación en un hotel. El chico saca de su mochila un mapa de carreteras. El hombre le mira sorprendido. “Bueno…”, se explica el chico, “Nunca sabes si aparecerás en una ciudad que no conoces buscando algo en concreto. No me apetece recorrerme Sevilla con el riesgo de no encontrar el Palacio de las Dueñas”. “Eres una caja de sorpresas”, sonríe el hombre. Hay bastante luz en la calle, para ser casi medianoche. Hay pubs abiertos y ventanas encendidas. Caminan siguiendo el mapa y dudando en algunas encrucijadas hasta llegar a la fachada blanca y amarilla del Palacio de las Dueñas, con los portones de madera cerrados y el gran escudo en la parte de arriba. Se ven árboles asomar del patio.

“Y… ¿Y ahora, qué?”, pregunta el chico, y mira al cielo. “En preguntar lo que sabes el tiempo no has de perder…Y a preguntas sin respuesta, ¿quién te podrá responder?”, responde el hombre. Luego ríe. “No, tienes razón. No ha sido muy buena idea presentarse aquí a las doce de la noche sin un hotel reservado y sin nada que hacer después… Te llevaría hasta mi casa de Sevilla, pero resulta que no tengo ninguna. No sé… qué hacer”. Se dejan llevar hasta una plaza, donde el chico se deja caer en un banco, extrañamente agotado. “¿Tienes sueño?”, pregunta el hombre. “Sí… No sé por qué, he dormido en el tren. Aunque ya debe de ser más de la una…” El hombre se sienta en el banco. “Duérmete si quieres, yo no tengo sueño. Me quedaré aquí. En general no duermo mucho”. Saca un libro y se pone a leer bajo la luz naranja de las farolas y la luz oculta de las estrellas. El chico se arrebuja en su sudadera, cierra los ojos y se deja llevar por el sonido del viento. Hace un poco de frío.

Con los primeros rayos del sol y un “¡Venga, arriba!” del hombre, se despierta el chico, para su sorpresa, tumbado en el banco y tapado con una manta. Se despereza, se peina con los dedos y se estira dolorido gracias a la excesiva comodidad del banco. Le tiende la manta al hombre y le da las gracias. “No veas cómo temblabas. Tenía miedo de que te cayeses de un espasmo o algo así”. El chico sonríe aún medio dormido. Ese hombre se esta preocupando más por él en dos días que su padre en dieciocho años. “Verás”, comienza el hombre entusiasmado. Por sus ojeras el chico deduce que no ha dormido en toda la noche, mas se encuentra lleno de energía. “He pensado”, continúa, “durante la noche, mientras tú dormías cual simple mortal”, ríe. “En fin, he pensado que… No sé si te has dado cuenta de que, bueno, ya que estamos visitando los lugares más importantes en la vida de nuestro querido Antonio Machado, podríamos ir a Colliure. Sí, sé que está bastante lejos, y que vamos a tardar mucho en llegar, pero entre trenes y autobuses, se hará fácil. Ya sabes, como si acabáramos ahí nuestro viaje… nuestro viaje friki. Para sentirnos realizados. O algo así. ¿Qué me dices, eh?”. Le sonríe entusiasmado y, parece tan animado, que el chico le habría dicho que sí a hacer paracaidismo. “Me parece una idea buenísima”.

Así que, mochila a la espalda, recorren juntos el largo camino hasta Colliure, aunque ellos por puro placer, y no huyendo de una España en guerra. Trenes, autobuses, el Sistema Bético, autostop, más trenes, el Levante Español, algún trozo andando, autobuses, costa catalana. Y, por fin, dos días después y a bordo de un pequeño autobús local, entran en el entrañable pueblecito de Colliure, con su bosque, sus montañas y su mar. Casas bajas de piedra y tejados de teja rojiza.

Saben dónde van, e impulsados por su instinto, llegan al pequeño cementerio del pueblo. La tumba de Machado destaca entre las demás. Como contaba Luis García Montero en su poema Colliure: Un rincón en el mundo detrás de una frontera, o detrás de los años y los amaneceres con la esquina doblada como la página de un libro, o detrás de las curvas de una guerra. Las flores de la tumba de Machado imitan el color de una bandera. Tanta gente habrá visitado esa tumba. ¿Se esperaba aquello Machado? ¿Pensó que llegaría al corazón de tanta gente? El chico y el hombre sonríen realizados, pues el fin al viaje de Antonio, supone el principio del suyo.

 Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino:

se hace camino al andar.

Al andar se hace camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino,

sino estelas en la mar.

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